Pasaron á otra mesa y allí vieron comer á otros muy buenos bocados, lo mejor que llegaba á la plaza ó á las despensas, la caza reciente, el pescado fresco y exquisito. Y esto sin tener rentas ni juros, aunque sí votos.
Éste sí que es raro encanto, decía Critilo, que coman éstos como unos príncipes, siendo unos desdichados, y, lo que es más, sin tener hacienda, sin censos, sin conocérseles cosa sobre que llueva Dios, sin trabajar ni cansarse, antes holgándose y paseando todos los días. ¿De dónde sale esto, señor Zahorí, vos que lo veis todo?
Aguarda, le respondió, y verás el misterio.
Asomaron en esto unas garras, no de nieve como las primeras, sino de neblí y todas de rapiña, que traían velando, esto es, por el aire, el pichón y el gazapo. Quedó atónito Critilo y decía:
¡Esto sí que es cazar! Ya echan piernas los que uñas y todo es comer por encanto.
¿No has oído contar, le decía el Zahorí, que á algunos les traían de comer los cuervos y los perros?
Sí; pero eran santos y éstos son diablos: aquello era por milagro.
¿Pues esto es por misterio? Mas esto es niñería, respeto de lo que tragan aquellos otros, que están acullá más altos. Acerquémonos y verás los prodigios del encanto. Allí hay hombre que come los diez mil y los veinte mil de renta, que, cuando llegó á meter la mano en la masa y en la mesa, no traía mas que su capa y bien raída.
¡Bravo encanto!
Pues ésos son migajuelas reales. Mira aquellos otros.