Discurrió luego en abrir algún resquicio, por donde pudiese entrar un rayo de luz, una vislumbre de verdad. Y al mismo instante ¡oh cosa rara!, que comenzó á rayar la claridad, dió en tierra toda aquella máquina de confusiones. Que toda artimaña, en pareciendo, desaparece. Deshízose el encanto, cayeron aquellas encubridoras paredes, quedando todo patente y desenmarañado. Viéronse las caras unos á otros y las manos tan escondidas á los tiros. Constó del modo de proceder de cada uno. Así que, en amaneciendo la luz del desengaño, anocheció todo artificio. Mas para que se vea cuán hallados están los más con el embuste, especialmente cuando viven dél, al mismo punto, que se vieron desencastillados de aquel su Babel común y que habían dado en tierra con aquel su engañoso modo de pasar, que ya no llegaban á mesa puesta, como solían, con sus manos lavadas y la honra no limpia, luego, que comenzaron á echar menos la gala y la gula, el vestido guisado de buen gusto, sin costarles mas que una gorra, enfurecidos contra el que había ocasionado tanta infelicidad, arremetieron contra el Zahorí, descubridor de su artificio, llamándole enemigo común. Mas él, viéndose en tal aprieto, apretó los pies, digo las alas, y huyóse al sagrado de mirar y callar, voceándoles á los dos camaradas, que ya se habían abrazado y reconocido, tratasen de hacer lo mismo, prosiguiendo el viaje de su vida hacia la Corte del saber coronado, tan encomendada dél y de todos los sabios aplaudida.
¡Qué entrada de Italia ésta!, ponderaba Critilo. ¡Qué de laberintos á esta traza, se nos aguardan en ella! Conviene prevenirnos de cautela, así como hacen los atentos en las entradas de las provincias donde llegan, en España contra las malicias, en Francia contra las vilezas, en Inglaterra las perfidias, en Alemania las groserías y en Italia los embustes.
No les salió vana su presunción, pues á pocos pasos dieron en raro bivio, dudosa encrucijada, donde se partía el camino en otros dos, con ocasionado riesgo de perderse muy al uso del mundo. Comenzaron luego á dificultar cuál de las dos sendas tomarían, que parecían estremos. Estaban altercando al principio con encuentro de pareceres y después de afectos, cuando descubrieron una banda de cándidas palomas por el aire y otra de serpientes por la tierra. Parecieron aquéllas con su manso y sosegado vuelo venir á pacificarlos y mostrarles el verdadero camino con tan fausto agüero, quedando ambos en curiosa expectación de ver por cuál de las dos sendas echarían. Aquí ellas, dejada la de mano derecha, volaron por la siniestra.
Esto está decidido, dijo Andrenio: no nos queda que dudar.
Oh sí, respondió Critilo: veamos por dónde se deshilan las serpientes. Porque advierte que la paloma no tanto guía á la prudencia cuanto á la simplicidad.
Eso no, replicó Andrenio; antes suelo yo decir que no hay ave ni más sagaz ni más política, que la paloma.
¿En qué lo fundas?
En que ella es la que mejor sabe vivir, pues en fe de que no tiene hiel dondequiera halla cabida. Todos la miran con afecto y la acogen con regalo. No sólo no es temida como las de rapiña ni odiada como la serpiente, sino acariciada de todos, alzándose con el agrado de las gentes. Otra atención suya, que nunca vuela, sino á las casas blancas y nuevas y á las torres más lucidas. Pero ¿qué mayor política, que aquella de la hembra? Pues con cuatro caricias, que le hace al palomo, le obliga á partirse el trabajo de empollar y sacar los hijuelos, aviniéndose muy bien con el esposo y enseñando á las mujeres bravas y fuertes á templarse y saberse avenir con sus maridos. Mas donde ella juega de arte mayor es en lo de sus polluelos, que, aunque se los hurten y delante de los ojos se los maten, no por eso se mata ella ni se mete en guerra por defenderlos, no pasa pena alguna; sino que come y vive de ellos. ¿Pues qué diré de aquella espaciosa ostentación, que suele hacer de sus plumas, cambiando visos y brillando argentería? Así que no hay otra razón de estado como la sinceridad y la mansedumbre de la paloma y que ella es la mayor estadista.
Vieron en esto que la otra tropa de serpientes se fué deshilando por la senda contraria de la mano derecha, con que se aumentó su perplejidad.
Éstas sí, decía Critilo, que son maestras de toda sagacidad. Ellas nos muestran el camino de la prudencia. Sigámoslas, que sin duda nos llevarán al Saber reinando.