No haré yo tal, decía Andrenio, porque yo no sé que pare en otro todo el saber de las culebras, que en ir rastrando toda la vida entre los pies de todos.
Resolviéronse al fin en seguir cada uno su vereda: éste de astucia de la serpiente y aquél de la sinceridad de la paloma, con cargo de que el primero, que descubriese la Corte del saber triunfante, avisase al otro y le comunicase el bien hallado. Á poco rato, que se perdieron de vista, no de afecto, encontró cada uno con su paraje bien diferente, habitado de gentes totalmente opuestas y que vivían muy al revés unos de otros.
Hallóse Critilo entre aquellos, que llaman los reagudos, gente toda de alerta, hombres de ensenadas, de reflejas y de segundas intenciones, de trato nada liso, sino doblado. Fuésele apegando luego un grande narigudo, digo, nariagudo, no tanto para conducirle, cuanto para explorarle. Y comenzó á tentarle el vado y querer sondarle el fondo con rara destreza. Hombre al fin de atención y de intención. Hízosele amigo de los que llaman hechizos ó echadizos, afectando agasajos y mostrándosele muy oficioso, con que ambos se miraron con cautela y procedían con resguardo. Lo primero en que reparó Critilo fué que, encontrando muchos, que parecían muy personas, ellos no reparaban en él ni le hacían cortesía. Calificóla ó por grosería ó por insolencia.
Ni uno ni otro, le respondió el nuevo camarada.
¿Pues qué?
Yo te lo diré. Que todos éstos son gente de su negocio y no atienden á otro. No hacen caso sino de quien pueden hacer fortuna, no se cuidan sino de quien dependen, y toda la cortesía, que hurtan á los demás, la gastan con éstos. Aquellos del otro lado son hijos deste siglo, y aun por eso tan metidos en él, todos puestos en acomodarse, como si se hubiesen de perpetuar acá.
Toparon luego un raro sujeto, que, no contentándose con una ojeada, les echó media docena. Y aunque aquí todos andaban muy despiertos, éste les pareció desvelado.
¿Quién es éste?, preguntó Critilo.
No sé si te le podré dar á conocer así como quiera, que yo ha años que le trato y aún no le acabo de sondar ni acertaré á definirle. Baste por ahora saber que éste es el Marrajo.
¡Oh sí, dijo Critilo, ya estoy al cabo!