Dudó Critilo y aun lo preguntó si acaso estaban en la lonja de Venecia ó en el ayuntamiento de Córdoba ó en la plaza de Calatayud, que es más que todo. Donde dijo un forastero, hablando con un natural y confesándose vendido ó vencido:

Señor mío, por eso dicen que sabe más el mayor necio de Calatayud, que el más cuerdo de mi patria. ¿No digo bien?

No por cierto, le respondió.

¿Pues por qué no?

Porque no hay ningún necio en Calatayud ni cuerdo en vuestra ciudad.

Pero nada has visto, le dijo el camarada, si no das una vista por la satrapía.

Y guióle á ella. Díjole al entrar:

Aquí abrir el ojo y aun ciento y retirarlos bien.

Toparon un vejazo y otro más. Aquí admiró las bravas tretas, las grandes sutilezas, jugando todos de arte mayor, que todos eran peliagudos y nariagudos, mañosos, sagaces y políticos.

Pero, mientras anda aquí Critilo, ya comprado, ya vendido, bien será que demos una vuelta en seguimiento de Andrenio, que va perdido por el contrario paraje. Que casi todos los mortales andan por estremos y el saber vivir consiste en topar el medio. Hallábase en el país de los buenos hombres y ¡qué diferentes de aquellos otros! Parecían de otra especie. Gente toda pacífica, por quienes nunca se revolvió el mundo ni se alborotó la feria. Encontró de los primeros con Juan de Buen Alma, á medio saludar, que se le olvidaban las palabras; con todo eso contrajeron estrecha amistad. Allegóseles un otro, que también dijo llamarse Juan, que aquí los más lo eran y buenos, si allá Pedros revueltos.