Finalmente vinieron un día muy contentos por haber visto, decían, un otro, no animal ni fiera, sino muy diverso de todos los otros, pues desarmado, apacible, manso y risueño.
Ahora sí, les dijo, que hay que temer. Guardaos dél, hijos míos, huid cien leguas.
¿Por qué, si no tiene uñas ni puntas ni colmillos?
Basta que tiene maña. Ése es el hombre. Guardaos, digo otra vez, de su malicia.
Y tú de aquel que pasa por allá, á quien todos le señalan con el dedo á lo cigüeño. Es un raro sujeto, de quien dicen es un diablo y aun peor. Aquél, que va á su lado, te venderá siete veces al día. ¿Pues qué otro aquél, que va guiñando, llamado por eso el raposo, que lo es en el nombre y en los hechos? Tiene bravas correrías, que toda ésta es gente de artimaña.
Ora díme, ¿qué será la causa, preguntó Critilo, que cada uno anda de por sí, nunca van juntos ni hacen camarada?, así como en cierta plaza, donde ví yo pasearse muchos ciudadanos y cada uno solo, sin osarse llegar, temiéndose unos á otros.
¡Oh!, respondió el Nariagudo, por éstos y ésos se dijo: cada lobo por su senda.
Fué muy de notar el encuentro del codicioso con el tramposo, porque urdía éste mil trapazas en un punto y el otro se las pasaba todas, aunque las conocía, en atención de su codicia. Y es lo bueno que cada uno decía del otro: ¡qué simple éste! ¡cómo que le engaño! ¿No reparas en aquel tan ruincillo, digo chicuelo? Pues todo es malicias. Nada de cuanto dices y piensas se le pasa por alto. Ni aquel otro de su tamaño hay echarle dado falso.
Pues díme, ¿quién metió acá á aquél, que retira á tonto, y ya sabes que en pareciéndolo lo son y aun la mitad de los que no lo parecen?
Advierte que no lo es, sino que sabe hacerlo. Así como aquel otro, que hace los zonzos, que no hay peor desentendido que el que no quiere entender.