No mueren, que ya lo están.

Antes yo digo que eso es saber vivir, tener buena complixión, hombres sanos, gente de buenos hígados, de buen estómago y que, si otros hacen de las tripas corazón, éstos al revés hacen del corazón tripas y crían buena panza.

Así era su trato llano sin revoltijas. Ninguno tenía caracol en la garganta. Hablaban sin artificio, llevaban el alma en la palma y aun en palmas. No había aquí engañadores ni cortesanos ni cordobeses. Y con pasar en Italia, no había ningún italiano; cuando mucho, alguno de Bérgamo. De los españoles algún castellano viejo. De los franceses algún albernio. Y muchos polacos. Fiábanse de todos sin distinción y así todos los engañaban. Que ya no se ha de decir engañabobos, sino buenos, que ésos son los más fáciles de engañar.

¡Qué lindo temple de tierra éste!, decía Andrenio, y mejor cielo.

En otro tiempo habíais de haber venido, le dijo un viejo, hecho al buen tiempo, cuando todos se trataban de vos y todos decían vos como el Cid: entonces sí que estaba este país muy poblado. No, no se había descubierto aún el de la malicia ni se sabía hubiese tan mala tierra: siempre se creyó era inhabitable más que la tórrida zona. Dios se lo perdone á quien la halló. ¡Mirad qué India! No se topaba entonces un hombre doblado por maravilla y todo el mundo le conocía y le señalaban de una legua. Todos huían dél como de un tigre. Ahora todo está maleado, todo mudado, hasta los climas y, según van las cosas, dentro de pocos años será Alemania otra Italia y Valladolid otra Córdoba.

Pero, aunque estaba allí Andrenio, no vendido, sino hallado en aquella mansión de la bondad y verdad, de la candidez y llaneza, con todo trató de dejarla, pareciéndole era sobrada simplicidad. Y fué cosa notable que ambos á la par, aunque tan distantes, parece que se orejearon, pues convinieron en dejar cada uno el estremo por donde había echado, el uno de la astucia, el otro de la sencillez. Y poniendo la mira en el medio, descubrieron la Corte del saber prudente y se encaminaron allá. Llegaron á encontrarse en un puesto, donde se volvían á unir ambas sendas y á emparejarse los estremos. Aquí pareció estarles esperando un raro personaje, de los portentosos, que se encuentran en la jornada de la vida. Porque, así como algunos suelen hacerse lenguas y otros ojos, éste se hacía sesos y todo él se veía hecho de sesos, de modo que tenía cien corduras, cien esperas, cien advertencias y otros tantos entendimientos. En suma, él era castellano en lo sustancial, aragonés en lo cuerdo, portugués en lo juicioso y todo español en ser hombre de mucha sustancia. Púsoselo á contemplar Andrenio, después de haberse confabulado con Critilo, y decía así:

Señores, que tenga uno sesos en la cabeza está bien, que es allí el solio del alma; pero lengua de sesos ¿á qué propósito? Si, aun siendo de carne y muy sólida, desliza con riesgo de toda la persona, que sería menos inconveniente tropezar diez veces con los pies, antes que una con la lengua, que, si allí se maltrata el cuerpo con la caída, aquí se descompone toda el alma, ¿qué será de una masa tan fluida y deleznable? ¿Quién la podrá gobernar?

¡Oh, cómo te engañas!, le respondió el Sesudo, que así se llamaba; antes ahí conviene tener más seso, para andar con más tiento. Que no hay palabra más bienarticulada, que la que está en el buche.

Narices de seso ¿quién tal inventó y para qué?, proseguía en su reparo Andrenio. Los ojos ya podrían, para no mirar á tontas y á locas; pero en las narices ¿de qué puede servir el seso?

¡Oh sí y mucho!