¿Pues para qué?
Para impedir que no se les suba el humo á las narices y lo tizne todo y abrase un mundo. Hasta en los pies ha de haber seso y mucho y más en los malos pasos. Que por eso decía un atento:
Aquí todo el seso ha de ir en el carcañal. Y si los que andan á caballo le llevasen en los pies, no perderían tan fácilmente los estribos; habría siquiera algún cuerdo entronizado. Así que todo el hombre para bien ir habría de ser de sesos. Seso en los oídos para no oir tantas mentiras ni escuchar tantas lisonjas, que vuelven locos á los tontos. Seso en las manos para no errar el manejo y atinar aquello en que se ponen. Hasta el corazón ha de ser de sesos para no dejarse tirar y aun arrastrar de sus afectos. Seso y más seso y mucho seso para ser hombre chapapado, sesudo y sustancial.
¡Qué pocos he topado yo de ese modo!, decía Critilo.
Antes oí decir á uno, ponderó Andrenio, que no había sino una onza de seso en todo el mundo y que de ésa, la mitad tenía un cierto personaje, que no le nombro por no incurrir en odio, y la otra estaba repartida por los demás: ¡mirad qué le cabría á cada uno! Engañóse quien tal dijo. Nunca más seso ha habido en el mundo, pues no ha dado ya al traste con tanta priesa como le han dado.
Ora, díme, instó Andrenio, ¿de dónde has sacado tú tanto seso, así te dure? ¿Dónde le hallaste?
¿Dónde? En las oficinas en que se forja y en las boticas donde se vende.
¿Qué dices? ¿Boticas hay de cordura? Nunca tal he topado con tanto como he discurrido.
¿Pues no te corres tú de saber dónde se vende el vestir y el comer y no dónde se compra el ser personas? Tiendas hay donde se feria el entendimiento y el juicio. Verdad sea que es menester tenerle para hallarle.
¿Y á qué precio se vende?