Á aprecio.
¿De qué modo?
Teniéndole.
¿Á buen ojo?
No, sino á peso y medida. Pero vamos, que hoy os he de conducir á las mismas oficinas donde se forjan y se labran los buenos juicios, los valientes entendimientos, á las escuelas de ser personas.
Y dínos, ¿en esas oficinas, que tú dices, refinan mucho seso cada día?
No va sino por años y para sola una onza hay que hacer toda una vida.
Fuélos introduciendo en una tan espaciosa cuan especiosa plaza, coronada de alternados edificios, unos muy majestuosos, que parecían alcázares reales; otros muy pobres, como casas de filósofos; hasta pabellones militares entre patios de escuelas. Quedaron admirados nuestros peregrinos de ver tal variedad de edificios y, después de bien registrados los de una y otra acera, le preguntaron dónde estaban las oficinas del juicio, las tiendas del entendimiento.
Esas, que veis, son. Mirad á un lado y á otro.
¿Cómo es posible, si aquéllos son palacios, donde más presto suele perderse el juicio, que cobrarse, y aquellas otras militares tiendas más lo suelen ser de la temeridad, que de la cordura? Pues aquellos patios llenos de estudiantes, menos lo serán, que entre gente moza no se hallará la prudencia y en cascos verdes no cabe la madurez.