Que no se le dió á él nada de eso; no pretendió mas de que se hablase dél en el mundo, fuese bien ó mal. ¡Oh cuántos han hecho otro tanto, abrasando las ciudades y los reinos, no más de porque se hablase de ellos, pereciendo su honra, pero no su infamia! ¡Cuántos y cuántos sacrifican sus vidas al ídolo de la vanidad, más bárbaros que los caribes, exponiéndose á los choques y á los asaltos, no más de por andar en las gacetas, embarazando las cartas novas!
¡Qué caro ruido!, ponderaba Critilo: dígole sonada necedad.
Pero no se admiraron ya de haber visto todos estos imaginarios espacios, con caramanchones de la loca fantasía, desde el un cabo del mundo al otro, comenzando por Inglaterra, que es el estremo del desvanecimiento y aun de toda monstruosidad, compitiendo la belleza de sus cuerpos con la fealdad de sus almas. No estrañaron ya el desván de los necios linajudos ni el de los poderosos altivos por verse en alto, el de los hinchados sabios, de las insufribles hembras, con todos los demás. El que les hizo grande novedad fué uno, llamado el desván viejo, lleno de ratones ancianos, muy autorizados de canas y de calvas.
Basta, dijo Andrenio, que yo siempre creí que el encanecer era un rezumarse el mucho seso; y agora conozco que en los más no es sino quedárseles el juicio en blanco.
Escucharon lo que conversaban y hallaron que todo era jactarse y alabarse.
En mi tiempo, decía uno, cuando yo era, cuando yo hacía y acontecía, entonces sí que había hombres; que agora todos son muñecas.
Yo conocí, yo traté, decía otro, ¿no os acordáis de aquel gran maestro, el otro famoso predicador, pues aquel gran soldado? ¡Qué grandes hombres había en todo género de cosas! ¡Qué mujeres! Más valía una de entonces, que un hombre de agora.
Desta suerte están todo el día diciendo mal del siglo presente, que no sé cómo los sufre. Nadie les parece que sabe, sino ellos. Á todos los demás tienen por mozos y por muchachos, aunque lleguen á los cuarenta y, mientras ellos viven, nunca llegan los otros á ser hombres ni á tener autoridad ni mando. Luego les salen con que ayer vinieron al mundo, que aún se están con la leche en los labios y con el pico amarillo.
Antes que vos nacierais, antes que vinierais al mundo, ya yo estaba cansado.
Y no miente, que á fe lo son de todas maneras, jactanciosos, vanagloriosos, ocupando uno de los más encaramados desvanes. Finalmente llegaron á otro tan estremo de fantástico, que dejaba muy atrás todos los pasados. Tenía dos gigantes columnas á la puerta, como non plus ultra del desvanecimiento. Negábanles la entrada y hubiera sido conveniencia, porque, después de haber desperdiciado ruegos éstos y conciliado estimaciones aquéllos, al abrir ya la ostentosa puerta, digo puerto de torbellinos de viento, de tempestades, de vanidad, les embistió una tal avenida de humos y de fantasías, que dudaron si se habría reventado en el Vesubio algún volcán. Y fué tal el tropel de enfados, que, no le pudiendo tolerar, volvieron las espaldas á lo cuerdo. Pero qué desván de desvanes fuese el tal, promete decirlo la siguiente Crisi.