No faltaba en Italia soldado español, que no fuese luego don Diego y don Alonso. Y decía un italiano:

¿Signori, en España quién guarda la pécora?

Andá, le respondió uno, que en España no hay bestias ni hay vulgo como en las demás naciones.

Llegaron actualmente á darle la enhorabuena á un cierto personaje de harto poca monta, de una merced muy moderada, y respondía:

Pecho hay para todo. Dándose en él dos palmadas. Procedía otro muy á lo fantástico, hinchando los carrillos y soplando.

Á éste, dijo Andrenio, sin duda que no le cabe el viento y humo en los cascos, cuando se le rezuma por la boca.

Pasó en esto otro con un gran tizón en la mano, humeando ambos.

¿Quién es éste?, preguntaron. Y respondiéronles:

Éste es el que pegó fuego al célebre templo de Diana. En efecto, no más de porque se hablase dél en el mundo.

¡Oh mentecato!, dijo Critilo. ¿Pues no advirtió que todos le habían de quemar la estatua y que su fama había de ser funesta?