Lástima es, ponderaba Critilo, que no haya un avisado avisador, que tuerza la boca, guiñe el ojo, doble el labio y se ageste de licenciado de Salamanca. Pero ya Momo anda á sombra de tejado y campea en su lugar el aplauso, cabeceando á lo necio, con la simplicísima lisonja, aquella hermosa, que basta á desvanecer al mismo bruto de Apuleyo.
Señores, ponderaba Andrenio, que á los grandes hombres no les pese de haber nacido, que los entendidos quieran ser conocidos, súfraseles; pero que el nadilla y el nonadilla quieran parecer algo y mucho, que el niquilote lo quiera ser todo, que el villanón se ensanche, que el ruincillo se estire, que el que debría esconderse quiera campear, que el que tiene por qué callar blasfeme, ¿cómo nos ha de bastar la paciencia?
Pues no hay sino tenerla y prestarla, dijo el Jactancioso. Que aquí no hay hombre sin penacho ni hembra sin garzota. Y muchos con penacheras de tornear de á doce palmos en alto y los avestruces baten las mayores, porque dicen les vienen nacidas. Y es de notar que, cuando parecían irlos dejando caer, los echan hacia atrás, haciendo cola de las que fueron crestas. Atended cuáles andan todos los pequeños de puntillas para poder ser vistos, ayúdanse de ponlevíes, ya para hacer ruido, ya para ser mirados. Hombrean aquéllos y alargan el cuello para ser estimados. Los otros hacen de los graves muy hinchados con fuelles de lisonja y desvanecimiento. Précianse éstos de muy apersonados y de tener gentil fachada, porque los exprimidos dicen no valer nada, gente de poca sustancia.
¡Oh lo que importa la buena corpulencia!, decía uno de ellos, que da autoridad, no sólo para con el vulgo, sino para con un Senado: que los más son superficiales. Suple mucha falta de alma: que un abultado tiene andado mucho para parecer hombre de autoridad. Gran hombre y gran nombre prometen gran persona: que hace mucho ruido lo campanudo y parece gran cosa lo abultado.
¿Qué hiciera el mundo sin mí?, pasaba diciendo un mochillero y no era español.
Mas luego pasó otro, que lo era, y decía:
Nosotros nacimos para mandar.
Paseaba un mal gorrón, paseando la mano por el pecho, y decía:
¡Qué arzobispo de Toledo se cría aquí! ¡Qué patriarca!
Yo seré un gran médico, decía otro, que tengo buen talle y mejor parola.