Aquel, respondió el Fantástico, es el de los primeros hombres del mundo, de los que ocupan la coronilla de Europa y aun la coronan. Y por eso tan altivos, que realmente tienen valor, pero se lo presumen; saben, pero se escuchan; obran, pero blasonan.

¡Oh, qué capaz me pareció!, decía Critilo.

Sí, el más hueco, porque es un agregado de todos los otros. Haced cuenta que estuvisteis á las mismas puertas de la plausible Lisboa.

Sí, sí, exclamaron: el desván de los fidalgos portugueses. Cierto que serían famosos, si no fuesen fumosos; pero responden ellos que no puede dejar de haber mucho humo donde hay mucho fuego. Llámanles sebosos vulgarmente; pero ellos échanlo á crueles en sus memorables batallas. Tomaron mucho de su fundador Ulises, con que no se topa jamás portugués ni bobo ni cobarde.

Pésame que no entrásedes allá, dijo el Holgón, porque hubiéradeis visto estremados pasajes de fantasía. Que, como en otras partes se fijó el non plus ultra del valor, aquí el de la presunción. Allí hubiéradeis topado hidalguías de á par de Deus, solares de antes de Adán, enamorados perenales, poetas atronados, aunque ninguno aturdido, músicos de quita allá, ángeles, ingenios prodigiosos sin rastro de juicio. Y en una palabra, cuando las demás naciones de España, aun los mismos castellanos, alaban sus cosas con algún recelo, por excelentes que sean, yendo con tiento en celebrarlas: ¿esto vale algo?, es así así, parece bueno, los portugueses alaban sus cosas á todo hipérbole, á superlativa satisfación: ¡cosa famosa, cosa grande, la primera del mundo, no se hallará otra como ella en todo el orbe, que eso de Castela es poca cosa!

Aguarda, dijo Critilo, entre éstas y éstas ¿dónde nos llevas? Que me parece vamos dando gran baja, pasando de estremo á estremo.

No os dé cuidado, les respondió su flemático Guión, que os prometo que sin cansaros os habéis de hallar en el más holgado país del mundo, en el de los acomodados y que saben vivir. Asegúroos que son sombra suya los decantados Elisios y que los asombra. Aquí toparéis los hombres de buen gusto, los que viven y gozan.

Mas, apenas dejaron el empinado monte, cuando entraron á glorias en un ameno y alegre prado, centro de delicias, estancia del buen tiempo, ya sea la primavera, coronada de flores, ya el otoño de frutas. Ostentábanse aquellos suelos cubiertos de alfombras del Abril, matizadas de Flora, recamadas de líquidos aljófares por las bellas niñas de la más alegre Aurora, si bien no se lograba fruto alguno. Comenzaban á registrar todas aquellas floridas campiñas, alternadas de huertas, parques, florestas y jardines y de trecho á trecho se levantaban vistosos edificios, que parecían casas todas de recreación. Porque allí campeaba la Tapada de Portugal, Buena Vista de Toledo, la Troya de Valencia, Comares de Granada, Fontanable de Francia, el Aranjuez de España, el Pusicio de Nápoles, Belveder de Roma. Fuéronse empeñando por un paseador espacioso y delicioso y no tan común, que no encontrasen gente de buen porte y de deporte, más lucios, que lucidos. Y entre muchos personajes muy particulares, ninguno conocido. Tomaban todos el viaje muy de espacio.

Pian piano, decían los italianos.

No vivir aprisa, repetían los españoles.