Porque mirad, glosaba el bel poltroni, todos al cabo de la jornada de la vida llegamos á un mismo paradero, los sagaces tarde y los necios temprano. Unos llegan molidos, otros holgados, los sabios mueren, mas los tontos revientan. Estos hechos pedazos y aquellos muy enteros. Y de verdad que, pudiendo llegar algunos años después, que es gran necedad veinte años antes ni una hora.
Saber un poco menos y vivir un poco más, iba diciendo uno.
Y no os envidiéis los buenos ratos, les encargaba otro.
No os queráis sisar los buenos días: placheri placheri y mas placheri, decía un italiano.
Holgueta, holgueta, un español.
Encontraban á cada paso estancias de mucho recreo, donde no trataban sino de darse un buen verde y dos azules y los que podían gozar de dos primaveras no se contentaban con una. Allí vieron los bailetes franceses, haciéndose piezas los mismos monsieures, bailando y silbando, los toros y cañas españolas, los banquetes flamencos, las comedias italianas, las músicas portuguesas, los gallos ingleses y las borracheras septentrionales.
¡Qué lindo país, decía Andrenio, y lo que me va contentando! Esto sí que es vivir y no matarse.
Pero notad, dijo el Fantástico, toda esta bulla, el poco ruido que hace en el mundo.
¡Y que con tanto juglar, no sean estos hombres sonados!
No es gente ruidosa, respondió el Dejado, no gustan de meter ruido en el mundo.