¿Qué has de ver, si todo en entrando allá es nada?

Oiré.

Siquiera menos. Porque las cosas, que una vez entran, nunca más son vistas ni oídas.

Llamaré alguno.

¿De qué suerte, que ninguno tiene nombre? Y si no, díme ¿del infinito número de gentes, que en tantos siglos han pasado, qué ha quedado de ellos? Ni aun la memoria de que fueron ni que hubo tales hombres. Solos son nombrados los que fueron eminentes en armas ó en letras, gobierno y santidad. Y porque lo consideremos más de cerca, díme: en este nuestro siglo entre tantos millares, como hoy embarazan la redondez de la tierra, en tantas provincias y reinos ¿quiénes son nombrados? Media docena de hombres valerosos, aun no otros tantos sabios, no se habla sino de dos ó tres reyes, un par de reinas, de un santo padre, que resucita los Leones y Gregorios; todo lo demás es número, es broma, no sirven sino de consumir los víveres y aumentar la cuantidad, que no la calidad. Pero ¿qué estás mirando con mayor ahinco, cuando ves nada?

Miro, dijo, que aún hay menos que nada en el mundo. Díme por tu vida ¿quién son aquellos, que están arrinconados aún en la misma nada?

¡Oh, le respondió: mucho hay que decir desa nada! Ésos son...

Pero dejémoslos, si te parece, para la siguiente Crisi.


CRISI IX