Mucho más dijera, que tenía mucho que decir de la nada, á no interrumpirle el Ocioso que, acercándose á Andrenio, intentó á empellones de dejamiento arrojarle dentro de la infeliz cueva y sepultarle en medio del fondón de la nada. Viendo esto el Fantástico, asió de Critilo y comenzó á tirar de él hacia el palacio de la vanidad, llenándole los cascos de viento, fatales ambos escollos de la vejez, tan por estremo opuestos, que en el uno suele peligrar de ociosa y en el otro de vana. Pero fué único remedio darse ambos las manos, con que pudieron templarse y hacer un buen medio entre tan peligrosos estremos. Asieron de la ocasión que, aunque cana, no calva, y á pura fuerza de razón y de cordura salieron del evidente riesgo de su pérdida.

Trataron ya vitoriosos de encaminarse á triunfar á la siempre augusta Roma, teatro heroico de inmortales hazañas, corona del mundo, reina de las ciudades, esfera de los grandes ingenios, que en todos siglos, aun los mayores, las águilas caudales tuvieron necesidad de volar á ella y darse unos filos de Roma. Hasta los mismos españoles, Lucano, Quintiliano, ambos Sénecas cordobeses, Luciano y Marcial bilbilitanos. Trono del lucimiento, que lo que en ella luce por todo el mundo campea. Fénix de las edades, que cuando otras ciudades perecen, ella renace y se eterniza. Emporio de todo lo bueno, corte de todo el mundo, que todo él cabe en ella. Pues el que ve á Madrid, ve á solo Madrid, el que á París, no ve sino á París, y el que ve á Lisboa, ve á Lisboa; pero el que ve á Roma, las ve todas juntas y goza de todo el mundo de una vez, término de la tierra y entrada católica del cielo.

Y si ya la veneraron de lejos, agora la admiraron de cerca, sellaron sus labios en sus sagrados umbrales, antes de estampar sus plantas. Introdujéronse con reverencia en aquel non plus ultra de la tierra y un tanto monta del cielo. Discurrían mirando y admirando sus novedades, que parecen antiguas; y sus antigüedades, que siempre se hacen nuevas.

Reparó en su reparar un mucho hombre, que cortesanamente se les fué acercando ó ellos á él para informarse. Á pocos lances, que hizo con destreza, conoció que eran peregrinos y ellos que él era raro y tanto, que pudiera dar liciones de mirar al mismo Argos, de penetrar á un zahorí, de prevenir á un Jano y de entender al mismo Descifrador. Pero ¿qué mucho, si era un cortesano viejo de muchos cursos de Roma, español inserto en italiano, que es decir, un prodigio? Era gran hombre de notas y de noticias, con los dos realces de buen ingenio y buen gusto, el cortesano de más buenos ratos, que pudieran desear.

Vosotros, les dijo, según veo, habéis rodeado mucho y avanzado poco. Que, si de primera instancia hubiérades venido á este epílogo del político mundo, todo lo bueno hubiérades logrado y visto de la primera vez, llegando por el atajo del vivir al colmo del valer. Porque advertid que, si otras ciudades son celebradas por oficinas de maravillas mecánicas, en Milán se templan los impenetrables arneses, en Venecia se clarifican los cristales, en Nápoles se tejen las ricas telas, en Florencia se labran las piedras preciosas, en Génova se ahuchan los doblones; Roma es oficina de los grandes hombres. Aquí se forjan las grandes testas, aquí se sutilizan los ingenios y aquí se hacen los hombres muy personas.

Y si son dichosos los que habitan las ciudades grandes, añadió otro, porque se halla en ellas todo lo bueno y lo mejor, en Roma se vive dos veces y se goza muchas, paradero de prodigios y centro de maravillas. Aquí hallaréis cuanto pudiéredes desear. Sola una cosa no toparéis en ella.

Y será sin duda, replicaron ellos, la que nosotros venimos á buscar, que ése suele ser el ordinario chasco de la fortuna.

¿Qué es lo que buscáis?, les dijo.

Y Critilo:

Yo una esposa.