Y Andrenio:

Yo una madre.

¿Y cómo se nombra?

Felisinda.

Dudo que la halléis, por lo que dice de felicidad. ¿Pero dónde tenéis nueva que se alberga?

En el palacio del embajador del rey Católico.

Oh sí y aun el rey de los embajadores. Llegáis á ocasión que ya es parte de dicha. Allá me encaminaba yo esta tarde, donde concurren los ingenios á gozar del buen rato de una discreta academia. Es el embajador príncipe de bizarro genio, originado de su grandeza. Que, así como otros príncipes ponen su gusto en tener buenos caballos, que al fin son bestias, otros en lebreles, dados á perros, en tablas y en lienzos muchos, que son cosas pintadas, en estatuas mudas, en piedras preciosas, que si un día amaneciese el mundo con juicio, se hallarían muchos sin hacienda, este señor gusta de tener cerca de sí hombres entendidos y discretos, de tratar con personas, que cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene.

Llegaron ya al genial albergue, entraron en un salón bien aliñado y capaz, teatro de Apolo, estancia de sus galantes Gracias y coro de sus elegantes Musas. Allí apreciaron mucho el ver y conocer los mayores ingenios de nuestros tiempos, hombres tan eminentes, que con cada uno se pudiera honrar un siglo y desvanecerse una nación. Íbaselos nombrando el cortesano y dándoseles á conocer.

Aquel que habla el francés en latín es el Barclayo, venturoso en aplausos, por no haber escrito en lengua vulgar.

Aquel otro de la bieninventada invectiva es el que supo más bien decir mal, el Bocalini. Conoced el Malvezi, filosofando en la historia, estadista de sí mismo. Aquel Tácito á las claras es Henrico Caterino. Mas aquel otro, que está embutiendo de borra, de memoriales, de cartas y de relaciones de la tela de oro de su Mercurio, es el Siri. Vale á los alcances su antagonista el Virago, más flojo y más verídico. Ved el Góngora de Italia, como si él se fuese el Aquilino. Aquel elocuentísimo polianteísta es Agustín Mascardo. Y así otros singulares ingenios de valiente rumbo y mucho garbo.