Fueron ocupando sus puestos y llenándolos también y, después de conciliada, no sólo la atención, pero la expectación, arengó el Marino, cumpliendo con el oficio de secretario y dando principio con el más célebre de sus epigramas morales, que comienza:
Abre el hombre infeliz, luego que nace,
antes que al sol, los ojos á la pena, etcétera.
Aunque no pudo librarse de la censura de que no concluye al propósito, pues, habiendo referido la prolijidad de miserias por toda la vida del hombre, da fin, diciendo:
De la cuna á la urna hay sólo un paso.
Acabado de relatar el soneto, prosiguió así:
Todos los mortales andan en busca de la felicidad, señal de que ninguno la tiene. Ninguno vive contento con su suerte ni la que le dió el cielo ni la que él se buscó. El soldado siempre pobre alaba las ganancias del mercader y éste recíprocamente la fortuna del soldado, el jurisconsulto envidia el retrato sencillo y verdadero del rústico y éste la comodidad del cortesano, el casado codicia la libertad del soltero y éste la amable compañía del casado. Éstos llaman dichosos á aquéllos y aquéllos al contrario á éstos, sin hallarse uno que viva contento con su fortuna. Cuando mozo piensa el hombre hallar la felicidad en los deleites y así se entrega ciegamente á ellos con muy costosa experiencia y tardo desengaño. Cuando varón la imagina en las ganancias y riquezas. Y cuando viejo en las honras y dignidades. Rodando siempre de un empleo en otro, sin hallar en ninguno la verdadera felicidad. Donosa ponderación del sentencioso lírico, si bien, aunque levantó la caza, no la dió mate, ni halló salida al reparo. Ésta hoy se libra á vuestro bizarro discurrir, siendo el asunto señalado para esta tarde, disputarse ha en qué consista la felicidad humana.
Dicho esto, volvió el rostro hacia el primero, que era el Barclayo, más por acaso, que por afectación. Éste, después de haber pedido la venia al príncipe y haber cabeceado á un lado y á otro, discurrió así:
De gustos siempre oí decir que no se ha de disputar, cuando vemos que la una mitad del mundo se está riendo de la otra. Tiene su gusto y su gesto cada uno y así yo hago burla de aquellos sabios á lo antiguo, que defendían consistir la felicidad, uno que en las honras, otro que en las riquezas, éste que en los deleites, aquél que en el mundo, tal que en el saber, y cual que en la salud. Digo que me río de todos estos filósofos, cuando veo tan encontrados los gustos, que, si el vano anhela por las honras, el sensual hace burla dél y dellas; si el avaro codicia los tesoros, el sabio los desprecia. Así que diría yo que la felicidad de cada uno no consiste en esto ni en aquello, sino en conseguir y gozar cada uno de lo que gusta.
Fué muy celebrado este decir y mantúvose buen rato en este aplauso, hasta que el Virago: