Reparad, señores, les dijo, en que los más de los mortales emplean mal su gusto, pues á veces en las cosas más viles y indignas de la naturaleza racional. Porque, si se halla uno, que guste de los libros, habrá ciento que de las cartas; si éste de las buenas musas, aquél de las malas sirenas. Y así entended que las más veces no es, no, felicidad conseguir uno su gusto, cuando le tiene tan malo. Demás que, por bueno y relevante que sea, de nada se satisface, no para en ningún empleo; antes, alcanzado uno, luego le enfada y busca otro, siendo la inconstancia evidencia de la no conseguida felicidad. Muchas habrían de ser las felicidades de los señores y príncipes, de quienes decía uno y no mal que todas son ganicas. Hoy asquean lo que aplaudieron ayer y mañana acriminarán lo que buscaron hoy. Cada día empleo flamante y cada instante obra nueva.
Borró con esto el concepto, que habían hecho de la pasada opinión y mereció la expectación de todos para la suya, que propuso así:
Principio es muy asentado entre los sabios que el bien ha de constar de todas sus causas, lleno de todas partes, sin que le falte la menor circunstancia. De modo que para el bien todas que sobren y para mal una que falte y, si esto se requiere para cualquier dicha, ¿qué será para una felicidad entera y consumada? Supuesta esta máxima, saquemos ahora las consecuencias. ¿Qué le importa á un poderoso tener todas las comodidades, si le falta la salud para gozarlas? ¿Qué tendrá el avaro con las riquezas, si no tiene ánimo para lograrlas? ¿De qué le sirve al sabio su mucho saber, si no tiene amigos capaces con quien comunicarlo? Digo, pues, que no me contento con poco; todo lo pretendo y juzgo que lo ha de tener todo el que se hubiere de llamar feliz, para que nada desee. De suerte que la felicidad humana consiste en un agregado de todos los que se llaman bienes, honras, placeres, riquezas, poder, mando, salud, sabiduría, hermosura, gentileza, dicha y amigos con quien gozarlo.
Esto sí que es decir, exclamaron. No deja que discurrir á los demás.
Pero tomó la mano el Siri, intimando la atención para echar el bollo á la controversia.
Grandemente, dijo, os ha contentado este montón quimérico de gustos, este agregado fantástico de bienes; pero advertid que es tan fácil de imaginar, cuan imposible de conseguir. ¿Porque cuál de los mortales pudo jamás llegar á esta felicidad soñada? Rico fué Creso, pero no sabio; sabio fué Diógenes, pero no rico. ¿Quién lo obtuvo todo? Mas doy que lo consiga. El día, que no tenga que desear, ha de ser ya infeliz. Y que también hay desdichados de dichosos: suspiran y asquean algunos de hartos y les va mal, porque les va bien. Después de haberse señoreado Alejandro de este mundo, suspiraba por los imaginarios, que oyó quimerear á un filósofo. Con más facilidad querría yo la felicidad y así me calzo la opinión del revés y afirmo todo lo contrario. Estoy tan lejos de decir que consista la felicidad en tenerlo todo, que antes digo que en tener nada, desear nada y despreciarlo todo. Y ésta es la única felicidad, con facilidad, la de los discretos y sabios. El que más cosas tiene, de más depende y es más infeliz el que de más cosas necesita: así como el enfermo más cosas ha menester, que el sano. No consiste el remedio del hidrópico en añadir de agua, sino en quitar de sed. Lo mismo digo del ambicioso y del avaro. El que se contenta consigo solo es cuerdo y es dichoso. ¿Para qué la taza, donde hay mano con que beber? El que encarcelare su apetito entre un pedazo de pan y un poco de agua, trate de competir de dichoso con el mismo Jove, dice Séneca. Y sello mi voto, diciendo que la verdadera felicidad no consiste en tenerlo todo, sino en desear nada.
No queda más que oir, exclamó el común aplauso. Pero fué también descaeciendo este sentir y callaron todos, para que el Malveci filosofase desta suerte:
Digo, señores, que este modo de opinar procede más de una melancólica paradoja, que de un acierto político, y que es un querer reducir la noble humana naturaleza á la nada. Pues desear nada, conseguir nada y gozar de nada ¿qué otra cosa es, que aniquilar el gusto, anonadar la vida y reducirlo todo á la nada? No es otra cosa el vivir que un gozar de los bienes y saberlos lograr, tanto los de la naturaleza, como del arte, con modo, forma y templanza. No hallo yo que pueda ser perficionar al hombre el privarle de todo lo bueno; sino destruirle de todo punto. ¿Para qué son las perfecciones? ¿Para qué los empleos? ¿Para qué crió el sumo Hacedor tanta variedad de cosas con tanta hermosura y perfección? ¿De qué servirá lo honesto, lo útil y deleitable? Si éste nos vedara lo indecente y nos concediera lo lícito, pudiera pasar; pero bueno y malo, llevarlo todo por un rasero, á fe que es bravo capricho. Por lo tanto diría yo: ya veo que es una académica bizarría; pero en las grandes dificultades, arte es el saberse arrojar. Digo, pues, que aquel se puede llamar dichoso y feliz, que se lo piensa ser; y al contrario, aquel será infeliz, que por tal se tiene, por más felicidades y venturas, que le rodeen, quiero decir, que el vivir con gusto es vivir y que solos los gustosos viven. ¿Qué le aprovecha á uno tener muchas y grandes felicidades, si no las conoce, antes las juzga desdichas? Y al contrario, aunque al otro todas le falten, si él vive contento, eso le basta. El gusto es vida y la gustosa vida es la verdadera felicidad.
Arquearon todos las cejas, diciendo:
Esto ha sido dar en el blanco y apurar del todo la dificultad. De modo que cada sentencia les parecía la última y que no quedaba ya qué discurrir. Y es cierto se abrazara este dictamen, si no se le opusiera aquel águila, cisne digo, el culto Aquilini, diciendo: