Aguardad, reparad, señores, en que es de solos necios el vivir contentos de sus cosas, siendo la bienaventuranza de los simples la propia y plena satisfacción. Beato tú, le dijo el célebre Bonarota, al que le contentaban sus malos borrones, cuando á mí nada de cuanto pinto me satisface. Así que yo siempre me contenté mucho de aquella bella prontitud del Dante. Al fin, Alígero, por su alado ingenio. Tuvo mucho vivo aquella sazonada respuesta, cuando habiéndose disfrazado en uno de los días carnavales y mandándole buscar el Médicis su gran patrón y Mecenas, para poderle conocer entre tanta multitud de personados, ordenó que los que le buscasen fuesen preguntando á unos y á otros: ¿Quién sabe del bien? Y desatinando todos, cuando llegaron á él y le preguntaron: ¿Chi sa del bene? prontamente respondió: Chi sa del male. Con que al punto dijeron:
Tú eres el Dante.
¡Oh, gran decir: aquel sabe del bien, que sabe del mal! No gusta de los manjares, sino el hambriento y el sediento de la bebida. Dulce le es el sueño á un desvelado, así como el descanso al molido. Aquellos estiman la abundancia de la paz, que pasaron por las miserias de la guerra; el que fué pobre sabe ser rico; el que estuvo encarcelado goza de la libertad; el náufrago, del puerto; el desterrado, de su patria, y el que fué infeliz, de la dicha. Veréis á muchos malhallados con los bienes, porque no probaron de los males. Así que aquel diría yo es feliz, que fué primero desdichado.
Contentó mucho este discurso; mas entró á impugnarle el Mascardo, probando no poder ser dicha la que suponía la desdicha ni contento verdadero el que sucedía á la pena. Ya el mal va delante y el pesar gana de mano al placer. No sería esa felicidad entera; sino á medias, respecto de la desdicha. Y de esa suerte, ¿quién quisiera ser feliz? Viniendo, pues, á mi sentir, como yo tenga por máxima con otros muchos, que no hay dicha ni desdicha, felicidad ó infelicidad, sino prudencia ó imprudencia, digo que toda la felicidad humana consiste en tener prudencia y la desventura en no tenerla. El varón sabio no teme la fortuna; antes es señor de ella y vive sobre los astros, superior á toda dependencia. Nada le puede empecer, cuando él mismo no se daña. Y concluyo con que en todo lo que llena la cordura no cabe infelicidad.
Inclinó todo político la cabeza, haciéndole la salva como á vino de una oreja y todo crítico dijo:
Bueno.
Pero al mismo tiempo se vió sacudirlas ambas al caprichoso Capriata, diciendo:
¿Quién vió jamás contento á un sabio, cuando fué siempre la melancolía manjar de discretos? Y así veréis, que los españoles, que están en opinión de los más detenidos y cuerdos, son llamados de las otras naciones los tétricos y graves, como al contrario los franceses son alegres y que van siempre brincándose y bailando.
Los que más alcanzan, conocen mejor los males y lo mucho que les falta para ser felices. Los sabios sienten más las adversidades y, como á tan capaces, les hacen mayor impresión los topes. Una gota de azar basta á aguarles el mayor contento y, demás de ser poco afortunados, ellos mismos ayudan á su descontento con su mucho entender. Así que no busquéis la alegría en el rostro del sabio; la risa sí que la hallaréis en el del loco.
Al pronunciar esta palabra saltó uno muy célebre, que gustaba de llevar consigo el cuerdo embajador, para ganso de noticias y aun de verdades. Éste, pues, sin ton y sin son, hablando alto y riendo mucho, dijo: