Yo te lo diré. ¿Cuál sea la causa que, siendo los franceses tan fatales para ella, los que la inquietan, la azotan, la pisan, la saquean, cada año la revuelven y son su total ruina, y al contrario, siendo los españoles los que la enriquecen, la honran, la mantienen en paz y quietud, los que la estiman, siendo Atlantes de la iglesia católica romana, con todo eso se pierden por los franceses, se les va el corazón tras ellos, los alaban sus escritores, los celebran sus poetas con declarada pasión y á los españoles los aborrecen, los execran y siempre están diciendo mal de ellos?
¡Oh, dijo el cortesano, has tocado un gran punto! No sé cómo te lo dé á entender. ¿No has visto muchas veces aborrecer una mujer el fiel consorte, que la honra y que la estima, que la sustenta, la viste y la engalana, y perderse por un rufián, que la da de bofetadas cada día y la acocea, la azota y la roba, la desnuda y la maltrata?
Sí.
Pues aplica tú la semejanza.
Faltóles antes la luz del día para ver, que grandezas y portentos para ser vistos, con que hubieron de dar treguas á su bienlograda curiosidad hasta el siguiente día.
Mañana, les dijo el cortesano, os convido á ver, no sola Roma, sino todo el mundo de una vez, desde cierto puesto, de donde se señorea. Veréis, no sólo este siglo, esta nuestra era; sino las venideras.
¿Qué dices, cortesano mío?, replicó Andrenio. ¿Para otro mundo y otro siglo nos emplazas?
Sí, que habéis de ver cuanto pasa y ha de pasar.
Gran cosa será y gran día.
Quien quisiere lograrlo, madrugue en la siguiente Crisi.