Y hiciéronlo así, sobre la faición de la prudencia.
Mirad ahora hacia España. ¿Qué veis?
Veo, dijo Andrenio, que las mismas guerras intestinas de agora docientos años pasan del mismo modo, las rebeliones, las desdichas del un cabo al otro.
¿Qué ves hacia Inglaterra?
Que lo que obró un Enrico contra la Iglesia ejecuta después otro peor. Que si ya degollaron una reina Estuarda, hoy su nieto Carlos Estuardo. Veo en Francia que matan un Enrico y otro Enrico y que vuelven á brotar las cabezas de la herética hidra. Veo en Suecia que lo que le sucedió á Gustavo Adolfo en Alemania, le va sucediendo por los mismos filos á su sobrino en la católica Polonia.
¿Y aquí en Roma?
Que ha vuelto aquel siglo de oro y aquella felicidad pasada, de que gozó en tiempo de los Gregorios y los Píos.
Ahí veréis que las cosas, las mismas son, que fueron; sola la memoria es la que falta. No acontece cosa, que no haya sido ni que se pueda decir nueva bajo del sol.
¿Quién es aquel vejezuelo, dijo Critilo, que nunca para, que todos le siguen y él á nadie espera ni á reyes ni á monarcas, hace su hecho y calla? ¿No lo ves tú, Andrenio?
Sí, por señas que lleva unas alforjas al cuello, como caminante.