¡Hay tal variedad!, ponderaba Andrenio. ¿Y siempre ha sido desta suerte?
Siempre, decía el cortesano, y esto en cada provincia, en cada reino. Vuelve la cabeza atrás y mira qué moderados entraron en España los primeros godos, un Ataulfo, Sisenando, hasta el rey Bamba. Sucede al cabo el delicioso Rodrigo y da al traste con las más florida monarquía. Va pasando la rueda y vuelve otra vez el valor con la parsimonia, en el famoso Pelayo. Restáurase poco á poco lo que se perdió tan aprisa. Descaece otra vez; pero resucita en el rey don Fernando el Católico y así se van alternando las ganancias y las pérdidas, las dichas y las desdichas.
¡Oh, lo que son de ver, decía Critilo, aquellos primeros vestidos de paño, ya los segundos de brocado, aquéllos crujiendo acero y éstos seda, arreados aquéllos en el alma y desnudos en el cuerpo, adornados éstos de galas y desnudos de hazañas, faltos de noticias y sobrados de delicias!
Escondíanse unas mujeres y señoras y aun princesas, con las ruecas en la cinta, refilando el uso, y salían otras con abanicos costosos de varillas de diamantes, fuelles de su vanidad. Aquéllas con sus manguitos de paño, estas otras de martas, nada piadosas y muy suyas. Aquéllas exprimidas de talle, estas otras más huecas, que campanas. Y no obstante esto, aquéllas sonaban mejor.
Por eso digo yo, ponderaba Critilo, que siempre lo pasado fué mejor.
Alargaba el cuello Andrenio, mirando hacia el oriente de la rueda y preguntóle el cortesano:
¿Qué buscas? ¿Qué echas menos?
Y él miraba si volvía á salir aquel plausible rey don Pedro de Aragón, llamado bastón de franceses, que con ellos solos fué cruel. ¡Oh, cómo que despicaría á España! ¡Qué coscorrones pegaría! ¡Cómo que les abajaría las crestas á los galos! Pero mudóse las alforjas el tiempo. Iba dando sin parar la vuelta la rueda y volteando con ella cuanto hay. Salía una ciudad con sus casas de tierra y los palacios á piedralodo. Paseaban sus calles en carros los caballeros, el mismo Nuño Rasura. Que las damas, como tan recatadas, ni eran vistas ni oídas. Cuando mucho, salían á alguna romería: que no se nombraban las ramerías. Más colorada se volvía entonces una mujer de ver un hombre, que agora de ver un ejército. Y es de advertir que entonces no había otro color, que el de la vergüenza y el blanco de la inocencia. Parecían de otra especie, porque eran muy calladas, no andariegas, honestas, hacendosas. Al fin mujeres para todo y no como agora, para nada. Pero daba la vuelta la rueda, hundíase aquella ciudad y al cabo de tiempo volvía á salir otra, digo, la misma; pero tan otra, que no la conocían.
¿Qué ciudad es ésta?, preguntó Andrenio.
La misma, respondió el cortesano.