¿Cómo puede ser eso, si estas casas de agora son de mármoles y de jaspes, con tanto dorado balcón, en vez de los de palo? ¿Qué tienen que ver estas tiendas con aquellas otras de docientos años atrás? Allí, señor cortesano, no había guantes de ámbar, sino de lana; no tahalíes bordados de oro, sino una correa; no sombreros de castor ni por sueño, cuando mucho bonetillos ó monteras. Manguitos de á ciento de á ocho, ¿quién tal dijo? Fuera heregía. No, sino de paño y abanicos de paja y ésos llevaba la señora y la condesa; que aún no había duquesas, y la misma reina doña Constanza y por mucha gala, que costaba cuatro maravedís; y no como agora de garapiña y de rapiña francesa. Con un real compraba entonces un hombre sombrero, zapatos, medias, guantes y aún le sobraban algunos maravedises. Las que aquí son telas de oro y brocados, allí eran bureles y por cosa muy preciosa se hallaba algún contray para mantos á las ricas fembras en el día de su boda, que por eso se llamaron de velarse. Las que allí eran carretillas, aquí son coches y carrozas; las que angarillas, son sillas de mano tachonadas. Aquí no se ve ruar el carretón de la Inés tirado de sola una bestia, que no había entonces tantas. Las calles hierven de mujeres tan descocadas cuan escotadas, cuando allí, si se les veía una muñeca, era ya perderse todo y ser ellas unas perdidas. Muchos de estrados y cojines y no se ve una almohadilla, sin hacer hacienda, antes deshaciéndolas y acabando con las casas.

Pues te aseguro, dijo el cortesano, que es la misma ciudad; aunque tan otra de lo que fué, tan mudada, que no la conocerían sus primeros habitadores. Mira lo que hace y deshace el tiempo.

¡Válgame el Cielo!, dijo Critilo. ¿Y qué dijeran, si volvieran hoy á Roma los Camilos y Dentatos, si el buen Sancho Minaya á Toledo, si Gracián Ramírez á Madrid, Laín Calvo á Burgos, el Conde Alperche á Zaragoza y Garci Pérez á Sevilla, si pasearan por estas calles y las hallaran ocupadas de coches y de carrozas, si vieran estas tiendas y esta perdición?

Volteaba la rueda y escondíase el buen tiempo y todo lo bueno con él. Aquellos hombres buenos y llanos sin artificio ni embeleco, tan sencillos en el vestido como en el ánimo, sin pliegues en las capas y sin dobleces en el alma, con el pecho desabrochado, mostrando el corazón, la conciencia á ojo, con el alma en la palma y por eso vitoriosa: hombres al fin del tiempo antiguo y con todo eso muy ricos y sobrados, desaliñados y nunca más bienpuestos. Que, cuando los hombres eran más sencillos, aseguran que había más doblones. Escondíanse aquéllos y salían otros antípodas suyos en todo, embusteros, mentirosos, falsos y faltos, que se corrían de que les llamasen buenos hombres, más pequeños de cuerpo y también de alma. Y con ser todos palabras, no tenían palabra. Mucho de cumplimiento y nada de verdad. Mucho de circunstancia y nada de sustancia. Gente de poca ciencia y de menos conciencia.

Éstos, decía Critilo, yo juraría que no son hombres.

¿Pues qué?

Sombras de aquellos que van delante, medio hombres, pues no tienen entereza. ¡Oh, cuándo volverán aquellos primeros agigantados, hijos de la fama!

Dejad, decía el cortesano, que aún volverán á tener vez.

Sí; pero ¡qué tarde!, si se ha de acabar primero la mala semilla déstos.

De lo que gustaba mucho Andrenio y tanto, que no pudo contener la risa, era de ver rodar los trajes y dar vueltas los usos y más mirando hacia España, donde no hay cosa estable en esto del vestir. Á cada tumbo de la rueda se mudaban y siempre de malo en peor, con mucho gasto y figurería. Un día salían con unos sombreros anchos y bajos, que parecían gorras; al otro día otros amorrionados, que parecían capacetes; luego otros pequeños y puntiagudos, que parecían alhajas de títeres y hacían bravas figuras. Pasaban éstos y sucedían otros chatos y anchos, con dos dedos de falda, que parecían bacinillas y aun olían mal; mas al otro día los dejaban y salían con otros tan altos, que parecían orinales. Quebrábanse éstos también y sacaban los gaviones con una vara de copa y otra de falda, ya pequeños, ya tan grandes, que se pudieran hacer dos de cada uno de los primeros. Y es lo bueno que los que hacían más ridículas figuras se burlaban de los pasados, diciendo que parecían figurillas; mas luego los que se seguían les llamaban á ellos figurones. Fué de modo que en poco rato, que lo estuvieron mirando, contaron más de una docena de formas diferentes de solos sombreros. ¿Qué sería de todo el demás traje? Las capas ya eran tan largas y prolijas, que parecían ir fajados en ellas, ya tan cortas y tan biencriadas, que, cuando sus amos estaban sentados, ellas se quedaban en pie. Dejo las calzas, ya afolladas, ya botargas, los zapatos ya romos, ya puntiagudos.