Qué cosa tan graciosa, decía Andrenio. Señores, ¿quién inventa estos trajes? ¿Quién saca estos usos?

Ahí me digas tú que hay bien que reir. Porque has de saber que llega un gotoso que tiene necesidad de llevar el pie holgado y cálzase un zapato romo y ancho, por su comodidad, diciendo:

¿Qué importa que el mundo sea ancho, si mi zapato es estrecho?

Los otros, que lo ven, luego lo apetecen y dan todos en llevar zapatos romos y parecer gotosos y patituertos. Si una mujer pequeña hubo menester ayudarse de chapines, añadiendo de corcho lo que le faltaba de persona, luego todas las otras dan en llevarlos, aunque sean más crecidas que la giralda de Sevilla ó la torre nueva de Zaragoza. Llega en esto una muy estirada en todo, que no necesita dellos, antes la hacen embarazo. Dales del pie y gusta de irse en zapato. Luego todas las otras la quieren imitar, aunque sean unas enanas, valiéndose de la ocasión para más soltura y para parecer niñas. La otra flamenca dió en ir escotada, vendiendo el alabastro y quiérenla seguir las de Guinea, feriando el azabache, que en unas y en otras es una gran frialdad y un traje muy desarrapado. Y es de advertir que el peor y el más deshonesto es el que dura más. Pero para que riáis de buen gusto mirad aquella ristra de mujeres, que van una tras otra en la rueda del tiempo. La primera lleva aquel desproporcionado tocado, que llamaron almirante y lo inventó una calva. La otra, que se sigue, lo trocó por la arandela, que hizo brava visión. Sucede la otra con el bobo, que fué su más propio traje. Trocólo ya la que viene detrás, por el trenzado, no mendigando un pelo ajeno á su belleza. La quinta en orden lo dejó para las mozas de cántaro y echó el cabello atrás en una crecida cola. La sexta inventó el moño, desmintiendo lo pelado. La séptima se echó un gobelete al tozuelo, echando allá cuanto la pudiesen decir. La octava va con una trenza á la jineta, á tuerto y á derecho. La nona con asa de cántaro y pudiera de cantarilla. Desta suerte van variando y desvariando, hasta que vuelvan á su primera impertinencia. Pero lo que fué, no ya de reir, sino de sentir, que siempre se va todo empeorando. Pues es cosa cierta que con lo que gasta hoy una mujer se vestía antes todo un pueblo. Más plata echa hoy en relumbrones una cortesana, que había en toda España antes que se descubrieran las Indias. No conocían las perlas aquellas primeras señoras; pero éranlo ellas en la fineza. Los hombres eran de oro y se vestían de paño; agora son asco y rozan damasco y después, que hay tantos diamantes, ni hay fineza ni firmeza.

Hasta en el hablar hay su novedad cada día, pues el lenguaje de hoy ha docientos años parece algarabía. Y si no, leed esos fueros de Aragón, esas partidas de Castilla, que ya no hay quien las entienda. Escuchad un rato aquellos, que van pasando uno tras de otro, en la rueda del tiempo.

Atendieron y oyeron que el primero decía fillo, el segundo fijo, el tercero hijo y el cuarto ya decía gixo á lo andaluz y el quinto de otro modo, sino que no lo percibieron.

¿Qué es esto?, decía Andrenio. ¿Señores, en qué ha de parar tanto variar? ¿Pues no era muy buena aquella primera palabra fillo y más suave, más conforme á su original, que es el latín?

Sí.

¿Pues por qué la dejaron?

No más de por mudar, sucediendo lo mismo en las palabras, que en los sombreros. Éstos de agora tienen por bárbaros á los de aquel lenguaje, como si los venideros no hubiesen de vengarlos á aquéllos y reirse déstos.