Púsose de puntillas Critilo, desojándose hacia el oriente de la rueda.

¿Qué atiendes con tanto ahinco?, le preguntó el cortesano.

Estoy mirando si vuelven á salir aquellos Quintos tan famosos y plausibles en el mundo, un don Fernando el Quinto, un Carlos Quinto y un Pío Quinto.

¡Ojalá que eso fuese y que saliese un don Felipe, el Quinto en España! Y cómo que vendrá nacido. ¡Qué gran rey había de ser, copiando en sí todo el valor y el saber de sus pasados! Pero lo que noto es que antes vuelven á salir los males, que los bienes. Tardan éstos lo que se avanzan aquéllos.

Oh, sí, dijo el cortesano: detiénense y mucho en volver los siglos de oro y adelántanse los de plomo y de hierro. Son las calamidades más ciertas en repetir, que las prosperidades. Así como el mal humor de una terciana y de una cuartana tienen su día fijo, su hora sabida, sin discrepar un punto y el buen humor la alegría, el contento, no le tienen ni repiten, á la hora las guerras, las rebeliones no discrepan un lustro, las pestes ni un año, las secas no pierden vez, vuelven las hambres, las mortandades, las desdichas por sus pasos contados.

Pues si eso es así, dijo Andrenio, ¿no se les podía tomar el pulso á las mudanzas y el tino á la vicisitud de la rueda, para prevenir los remedios á los venideros males y saberlos desviar?

Ya se podría, respondió el cortesano; pero como fenecieron aquellos, que entonces vivían, y suceden otros de nuevo sin recuerdo de los daños, sin experiencia de los inconvenientes, no queda lugar al escarmiento. Vinieron unos noveleros, amigos de mudanzas peligrosas, que no probaron de las calamidades de la guerra, atropellaron con la rica y abundante paz y después murieron suspirando por ella. Con todo ya hay algunos de bueno y sano juicio, prudentes consejeros, que huelen de lejos las tempestades, las pronostican, las dicen y aun las vocean; pero no son escuchados. Que el principio de los males es quitarnos el cielo el inestimable don del consejo. Sacan los cuerdos por discurso cierto las desdichas, que amenazan: en viendo en una república la desolación de costumbres, pronostican la disolución de provincias; en reconociendo caída la virtud, atinan la caída de las monarquías; grítanlo á quien tiene atapados los oídos, y así veréis que de tiempo á tiempo se pierde todo para volverse otra vez á ganar todo.

Pero buen ánimo, que todas las cosas vuelven á tener día, lo bueno y lo malo, las dichas y las desventuras, las ganancias y las pérdidas, los cautiverios y los triunfos, los buenos y los malos años.

Sí, dijo Andrenio; ¿pero qué me importa á mí que hayan de suceder después las felicidades, si á mí me cogen de medio á medio todas las calamidades? Eso es decir que para mí se hicieron las penas y para otros los contentos.

Buen remedio ser prudente, abrir el ojo y dar ya en la cuenta. Ea, alégrate, que aún volverá la virtud á ser estimada, la sabiduría á estar muy valida, la verdad amada y todo lo bueno en su triunfo.