Y cuando será eso, suspiró Critilo, ya estaremos nosotros acabados y aun consumidos. ¡Oh, quién viera aquellos hombres con sus sayos y aquellas mujeres con sus cofias y sus ruecas, que desde que se arrimaron los husos, no se usa cosa buena! ¿Cuándo volverá la reina doña Isabel la Católica á enviar recados: decidle á doña Fulana que se venga esta tarde á pasarla conmigo y que se traiga su rueca, y á la condesa que venga con su almohadilla? ¿Cuándo oiremos al otro rey escusarse en las cortes que no había comido gallina y decía la verdad y que una que comió un jueves había sido presentada? Y al otro que si las mangas del jubón eran de seda, pero el cuerpo de tela. ¡Oh, cuánto me holgaría ver salir aquellos siglos de oro y no de lodo y basura, aquellos varones de diamantes y no de claveques, aquellas hembras de margaritas y sin perlas, las Hermesindas y Jimenas, con que no faltan Urracas, aquellos hombres de bien, que ya no sólo no corren, pero ni dan un paso, de Tasso lenguaje, pero de buena lengua, de pocas razones y de mucha razón, de mucha sustancia y poca circunstancia, gente de apoyo y no de tramoya y de sola apariencia, que no hay cosa más contraria á la verdad, que la verisimilitud! ¿Qué soldados eran aquellos de acullá, vestidos de pieles y calzados de cuero, que repetían de fieras?
Ésos eran los Almugábares, la milicia del rey don Jaime y de su valeroso hijo; no como los capitanes de agora, vestidos de tafetán, dando cuchilladas de seda.
Aguarda, ¿qué varas eran aquéllas tan macizas y tan firmes?
Las de la justicia del buen tiempo, gruesas; pero no groseras, que no se torcían á cualquier viento ni se doblaban, aunque las cargasen del metal pesado, aunque colgasen de ellas un bolsón de doblones.
Qué diferentes, decía Andrenio, destas otras tan delgadas, al fin juncos, que ceden al soplo del favor y se inclinan por poco que les cuelguen á un par de capones, á cualquier pluma. ¿Quién es aquel que habla ronco?
Pues á fe que no es ronca, sino bien clara su fama. Aquél es el plausible alcalde Ronquillo, blasón de la justicia.
¿Y aquel otro, que todo lo averigua?
Ése es el del proverbio, por quien decía el rey Católico, á cualquiera escándalo que sucedía:
Vaya y averígüelo Vargas.
Todo lo aclaraba y nada confundía, con que también ha tenido en estos tiempos la justicia sus Quiñones.