No, sino que hechizaba y les trastornaba á muchos el juicio. No dió Circe más bebedizos, que brindó con ésta un viejo.
¿Y en qué transformaba las gentes?
Los hombres en jimios y las mujeres en lobas. Él era un raro veneno, que apuntaba al cuerpo y hería el alma, al vientre, y pegaba en la mente. ¡Oh cuántos sabios hizo prevaricar! Y es lo bueno que todos los vencidos quedaban muy alegres.
Pues bien está por tierra la que á tantos derribó y éste sea el blasón de los españoles.
¿Qué otras armas son aquellas, preguntó Critilo, que se conoce bien su valor en su estimación, El mayor valor. pues están conservadas en armarios de oro?
Éstas, respondió el Valeroso, son las mejores, porque son defensivas.
¡Qué escudos tan bizarros!
Y aun los más son escudos.
¿Este primero parece de cristal?
Sí y, al punto que se carea con el enemigo, le deslumbra y le rinde. Es de la razón y verdad, con que el buen emperador Ferdinando Segundo triunfó del orgullo de Gustavo Adolfo y de otros muchos.