He, replicaba un joven, que nosotros ahora venimos al mundo y comenzamos á gustar dél. Demos á la edad lo que es suyo; tiempo queda para la virtud.
Escusas
de la virtud.
Al contrario, ponderaba un viejo. ¡Oh!, si á mí me cogiera esta áspera subida con los bríos de mozo, ¡con qué valor la pasara!, ¡con qué ánimo la subiera! Ya no me puedo mover, fáltanme las fuerzas para todo lo bueno. No hay ya que tratar de ayunar ni hacer penitencia; harto haré de vivir con tanto achaque: no son ya para mí las vigilias.
Decía el noble:
Yo soy delicado, hanme criado con regalo. ¿Yo ayunar? Bien podrían enterrarme al otro día. No puedo sufrir las costuras del cambray, ¿qué sería el saco de cerdas?
El pobre por lo contrario, decía:
Bien ayuna quien malcome; harto haré en buscar la vida para mí y para mi familia. El ricazo sí que las come holgadas; ése que ayune, dé limosna, trate de hacer buenas obras.
De suerte que todos echaban la carga de la virtud á otros, pareciéndoles muy fácil en tercera persona y aun obligación. Pero el guión luciente:
Nadie se me exima, decía: que no hay más de un camino. Ea, que buen día se nos aguarda.
Y echaba un rayo de luz, con que los animaba eficazmente.