Comenzaron á tocarles arma las horribles fieras pobladoras del monte. Sentíanlas bramar rabiando y murmurando y tras cada mata les salteaba una: que tiene muchos enemigos lo bueno. Los mismos padres, los hermanos, los amigos, los parientes, todos son contrarios de la virtud y los domésticos, los mayores.

Enemigos
domésticos.

Andá, que estáis loco, decían los amigos, dejaos de tanto rezar, de tanta misa y rosario, vamos al paseo, á la comedia.

Si no vengáis este agravio, decía un pariente, no os hemos de tener por tal. Vos afrentáis á nuestro linaje. He, que no cumplís con vuestras obligaciones.

No ayunes, decía la madre á la hija, que estás de mal color, mira que te caes muerta.

De modo que todos, cuantos hay, son enemigos declarados de la virtud.

Salióles ya al opósito aquel león tan formidable á los cobardes. Arredrábase Andrenio y gritóle Lucindo echase mano á la espada de fuego. Y al mismo punto, que la coronada fiera vió brillar la luz entre los aceros, echó á huir: que tal vez piensa hallar uno un león y topa un panal de miel.

¡Qué presto se retiró!, ponderaba Critilo.

Son éstas un género de fieras, respondió Lucindo, que en siendo descubiertas, se acobardan, en siendo conocidas huyen.

Tentación
descubierta.