¿La cordura?
Adivinando.
¿El desengaño?
Tarde.
¿La vergüenza?
Si perdida, nunca más hallada.
¿Y toda virtud?
En el medio.
Es decir, declaró Lucindo, que nos encaminemos al centro y no andemos como los impíos rodando.
Fué acertado, porque en medio de aquel palacio de perfecciones, en una majestuosa cuadra, ocupando augusto trono, descubrieron, por gran dicha, una divina reina, muy más linda y agradable de lo que supieron pensar, dejando muy atrás su adelantada imaginación. Que, si dondequiera y siempre pareció bien, ¿qué sería en su sazón y su centro? Hermosura
perfecta. Hacía á todos buena cara, aun á sus mayores enemigos. Miraba con buenos ojos y aun divinos. Oía bien y hablaba mejor. Y aunque siempre con boca de risa, jamás mostraba dientes; hablaba por labios de grana palabras de seda. Nunca se le oyó echar mala voz. Tenía lindas manos y aun de reina en lo liberal y en cuanto las ponía salía todo perfecto. Dispuesto talle y muy derecho y todo su aspecto divinamente humano y humanamente divino. Era su gala conforme á su belleza y ella era la gala de todo. Vestía armiños, que es su color la candidez. Enlazaba en sus cabellos otros tantos rayos de la aurora con cinta de estrellas. Al fin, ella era todo un cielo de beldades, retrato al vivo de la hermosura de su celestial Padre, copiándole sus muchas perfecciones.