Pretendientes
de virtud.
Estaba actualmente dando audiencia á los muchos, que frecuentaban sus sitiales, después de prohibida. Llegó entre otros un padre á pretenderla para su hijo, siendo él muy vicioso, y respondióle que comenzase por sí mismo, y le fuese ejemplar idea.
Venía otra madre en busca de la honestidad para una hija y contóla lo que la sucedió á la culebra madre con la culebrilla su hija: que viéndola andar torcida la riñó mucho y mandó que caminase derecha.
Madre mía, respondió ella, enseñadme vos á proceder, veamos cómo camináis.
Probóse y, viendo que andaba muy más torcida:
En verdad, madre, la dijo, que si las mías son vueltas, que las vuestras son revueltas.
Pidió un eclesiástico la virtud del valor y á la par un virrey la devoción con muchas ganas de rezar. Repondióles á entrambos que procurase cada uno la virtud competente á su estado.
Préciese el juez de justiciero y el eclesiástico de rezador, el príncipe del gobierno, el labrador del trabajo, el padre de familias del cuidado de su casa, el prelado de la limosna y desvelo. Cada uno se adelante en la virtud que le compete.
Según eso, dijo una casada, á mí bástame la honestidad conyugal; no tengo que cuidar de otras virtudes.
Eso no, dijo Virtelia; no basta ésa sola, que os haréis insufrible de soberbia, y más ahora. Poco importa que el otro sea limosnero, si no es casto; que éste sea sabio, si á todos desprecia; que aquél sea gran letrado, si da lugar á los cohechos; que el otro sea gran soldado, si es un impío. Son muy hermanas las virtudes y es menester que vayan encadenadas.