Llegó una gentil dama galanteando melindres y dijo que ella también quería ir al cielo; pero que había de ser por el camino de las damas. Hízoseles muy de nuevo á los circunstantes y preguntóla Virtelia:
Camino
de las Damas.
¿Qué camino es ése, que hasta hoy no he tenido noticia dél?
¿Pues no está claro?, replicó ella. Que una mujer delicada como yo ha de ir por el del regalo, entre martas y entre felpas, no ayunando ni haciendo penitencia.
Bueno, por cierto, exclamó la reina de la entereza: así se os concederá, reina mía, lo que pedís, como á aquel príncipe que allí entra.
Era un poderoso, que muy á lo grave tomando asiento, dijo que él quería las virtudes; pero no las ordinarias de la gente común y plebeya, sino muy á lo señor, una virtud allá exquisita. Hasta los nombres de los santos conocidos no los quería por comunes, como el de Juan y Pedro; sino tan extravagantes, que no se hallen en ningún calendario. ¡Gran cosa, decía, el de Gastón!, ¡qué bien suena el Perafán! Pues un Claquín, Nuño, Sancho y Suero pedía una teología extravagante.
Preguntóle Virtelia si quería ir al cielo de los demás.
Pensólo y respondió que, si no había otro, que sí.
Pues, señor mío, no hay otra escalera para allá, sino la de los diez Mandamientos. Por ésos habéis de subir; que yo no he hallado hasta hoy un camino para los ricos y otro para los pobres, uno para las señoras y otro para las criadas. Una es la ley y un mismo Dios de todos.
Replicó un moderno Epicuro, gran hombre de su comodidad, diciendo: