Andes, en cuya frente encanecida
La historia americana está esculpida
En cifra colosal;
Tú que levantas la cabeza al cielo,
Pídele á Dios la lluvia del consuelo
Y á la América baña en su raudal.

X
AL CONDOR DE CHILE[2]

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Tú que en las nubes tienes alto nido,
Tiende tu vuelo, condor atrevido,
Que sustentas de Chile el paladion;
Sigue del sol la luminosa huella,
Y trae cual Prometeo una centella
Para incendiar con ella á la nacion.
Para incendiarla en alto patriotismo,
Para animar la antorcha del civismo
Para encender del pueblo la virtud;
Para templar los tibios corazones,
Para quemar los últimos girones
Del manto de la torpe esclavitud.
Estiende, estiende el ala vigorosa,
Cual la vela que en noche procelosa
Alza la nave en negra tempestad;
Vuela á traer la vívida centella
Que en ochocientos diez, fulgente y bella,
La antorcha reanimó de libertad.
Tú sabes ya el camino, ave altanera,
Fuiste de nuestros padres mensajera
Para pedir á Dios chispa inmortal
Y dar fuego de alarma los cañones,
Y derretir los ferreos eslabones
De la innoble cadena colonial.
Tú los viste lanzarse á la pelea,
Blandir la espada, sacudir la tea,
Vencer, y caer en la pujante accion
Mientras que tú, cruzando las esferas
Dabas aire de Chile á las banderas,
Y fuego del patriota al corazon.
Tú los viste en la noche tempestuosa
Guiados por tu pupila luminosa,
Cual por la estrella el navegante audaz,
Escalar de los Andes las montañas,
Esculpiendo en su cima las hazañas
Que realizaron con vigor tenaz.
Allí tambien reverberó tu lumbre
Cuando bajó rodando de la cumbre
Desmelenado el iracundo leon,
A par que retumbaba en la eminencia
El grito atronador de independencia
Que repetia el mundo de Colon.
Desde entonces tu llama se ha apagado,
El corazon del pueblo se ha enfriado,
Y ha muerto el fuego patrio en el altar,
Fuego necesitamos: danos fuego,
Que nuestros ojos abundante riego
De libertad al árbol dieron ya.
Haz por los hijos lo que en otros dias
Hiciste por sus padres, cuando hendias
Las esferas con ímpetu veloz,
Para traer la centella salvadora
Que de ese sol, que el universo adora,
Brotó, y en tus pupilas puso Dios.
Las alas tiende y sube hasta los cielos,
Cual si fueras á traer á tus hijuelos
El alimento que la vida dá;
Y mientras bajas desde el alta esfera
Nuestra voz de Setiembre á la bandera
Con himno popular saludará.
Y cuando venga la centella ardiente
Que del cobarde el corazon caliente
Y nos llene de aliento varonil;
Danos sombra propicia con tus alas,
Mientras que en el espíritu que exalas
Impregnamos la túnica viril.
Despues condúcenos á la victoria,
Traza con luz la senda de la gloria
Que nos lleve sin sangre á la igualdad;
Toma luego en tu pico oliva y palma
Y arrancando una chispa á nuestra alma
Vuélvesela á ese sol de libertad.

XI
LA ORACION DE SETIEMBRE

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