II
Como una flor purísima y hermosa
Nacida en estancado cenegal,
Así vivias tú, genio sublime,
En medio de este páramo glacial;
Y cual se eleva del pantano infecto
De su perfume grata suavidad,
Así tu acento se elevaba puro
A la mansion de la eternal bondad.
¡Pobre poeta! Ni un hermano tierno
Llegó tu mano cándida á estrechar,
Mientras que en tu volcánica cabeza
Germinaba la idea fraternal,
Que debian los hombres agruparse
En torno de un pendon universal,
Y ayudándose todos como hermanos
Conquistar la anhelada libertad.
Hoy sobre el yerto polvo que te cubre
Nadie su llanto viene á derramar,
Porque proscripto por feroz tirano
Moriste lejos del pais natal...
Y al estrangero muerto en el destierro
Nadie llega su ofrenda á tributar.
Jamás escelso circundó tu frente
El lauro hermoso que la patria dá,
Y que en la sien augusta del poeta
Semeja una aureola celestial.
La corona de espinas del martirio
Ensangrentó tu macilenta faz,
Como á Jesus clavado en el madero
Porque dijo: «vivimos para amar».
Ignoto y melancólico pasaste
Para volar al cielo á descansar;
Porque el genio es un pobre jornalero
Que fecunda la tierra con afan,
Y la hace producir sabrosos frutos
Que no es dado á sus labios el gustar.
¿Quién como tú sembró, noble poeta,
Esa semilla fértil y vivaz,
Que en los hermosos dias venideros
Ha de regenerar la humanidad?
Republicano de alma incontrastable
Cantaste á la divina libertad,
Con una voz tonante y poderosa
Que los tronos podia hacer temblar,
Y estremecer las masas populares
Cual las furiosas olas de la mar,
Y despertar el alta inteligencia
Que al cielo remontaba en vuelo audaz,
Mientras tranquilo el mundo contemplando,
Como estátua sobre alto pedestal,
Podias con los ojos del espíritu
Ver los hombres y dias de otra edad!
Y te arrojó la patria de su seno
Porque rendiste culto á la verdad!
No la patria, los monstruos que su cuello
Oprimieron con planta criminal.
Errante por el mundo con tu lira
Fuiste sus infortunios á cantar.
Ora en las ruinas de la antigua Roma
Do se asienta la inercia y liviandad,
Evocando la sombra de los Gracos
En las tumbas te vieron meditar:
Que impelida del soplo democrático
Midió el mundo con paso colosal,
Pero cayó sin fuerzas cuando airada
Su escudo le quitó la libertad,
Que deserta las glorias de los pueblos
Si la virtud su apoyo no le dá.
Saludaste las playas de la Grecia
Libre del torpe yugo musulman;
Que un pueblo si desplega su bandera
Guiado de omnipotente voluntad,
Ó muere cual Leonidas en Termópilas,
Ó triunfa cual la Grecia en nuestra edad.
En las montañas de la fresca Helvecia
En la voz del torrente y huracan,
Creiste sentir el silvo de la flecha
Con que á su patria, Tell, dió libertad;
Que la naturaleza habla á los hombres
Para los grandes hechos recordar.
Bajo el arco grandioso de la Estrella,
De estéril gloria monumento audaz,
Pensaste en los principios fecundantes
Que al mundo reveló la libertad,
Y en la palabra que batia en brecha
Cuatro tablas que alzó la vanidad.
Desde ellas el coloso de este siglo
La libertad del hombre quiso ahogar,
Pero tendiendo su ala abrasadora
De su labio brotó la tempestad,
Y lo estrelló en la roca solitaria
Que es á la vez su túmulo y altar.[7]
En el solar de nuestra madre patria
Te miraron su historia interrogar:
Do quier hallar la religion y gloria,
Sin encontrar jamas la libertad:
Flor que ostenta del iris los colores
Sin el perfume que la rosa dá.
Te vieron de Albion en los umbrales
Esa fábrica altiva contemplar,
Donde se quema incienso á la justicia
Y se ensancha la esfera intelectual...
Pero al llegar al interior del templo
Y doblar la rodilla ante el altar,
Viste el becerro de oro entronizado
Y minado en su base el pedestal,
Que no es cimiento sólido de un pueblo
La opulencia sin pública moral.
Pero al volver los ojos á tu patria
Era tu pecho de esperanza un mar,
Que al través de la niebla de los siglos
El porvenir quería iluminar,
Mirándola ceñida con la oliva
Brindar al mundo el néctar de la paz,
Derramando el bautismo de la ciencia
Y alzando las virtudes del hogar,
Ensalzando del hombre los derechos,
Y tributando culto á la verdad.
Las creaciones fecundas de los genios
De su frente mirabas irradiar,
Y veias en su zona luminosa
A la espada civil sobre el altar;
Mudo el cañon, que en los presentes dias
Al mas potente la justicia dá,
Y alumbrando este cuadro de ventura
Del cristianismo el fúlgido fanal.
Dulce era entonces el mirar la patria,
Que era tu canto de la fé raudal,
Y daba aliento al corazon cobarde
Para esperar los dias que vendrán!
Tú nunca renegaste la esperanza
Y á su manto te asiste con afan:
Ella fué tu constante lazarillo
En medio de la densa oscuridad,
Y siguiendo su huella luminosa
Decias:—«Yo te veo ¡oh libertad!
«Fija en el horizonte nebuloso
«Como el astro del polo en alta mar:
«Te veo por el orbe peregrina
«Vestida con el rústico sayal,
«Pero el báculo fiel de la esperanza
«Me indica que tú vas á descansar
«En las hermosas playas de mi patria,
«Mas hermosas el dia que entre palmas
«Te reciban con cántico triunfal.»
Si, poeta, algun dia nuestra patria
Los himnos de la union entonará
Y entonces en la plaza y la tribuna
De un gran pueblo la voz se escuchará,
Y sus nobles instintos dirigidos
Nos darán la comun felicidad;
Porque libre, pacífico y virtuoso
Residirá su fuerza en la moral.
Esperemos los dias venideros:
El rocío la flor fecundará,
El sol relucirá tras negra noche,
Y el cielo nos dará la libertad!
Un himno fué tu vida, que la muerte
Hizo en tus dulces labios espirar,
Como espira el sonido de una cuerda
Que la tension obliga á reventar.
Moriste, y en tu lecho de agonía
Perdió la patria un lauro divinal
Con que adornar su hermosa cabellera
En los benditos dias de la paz;
Perdió el pueblo la luz que lo guiaría
En medio de la negra tempestad,
Y lo llevase al linde del camino
Que el dedo del Señor marcando está.
Mas el mundo, poeta no veia
De tu génio la excelsa potestad:
Como luz encerrada en vaso opaco
Que llena el interior de claridad,
Sin que perciba el ojo indiferente
La misteriosa lumbre que allí está,
Así resplandecia tu alma pura
Bajo el opaco cráneo del mortal.
Y por eso tu estátua no erigieron,
De pié, sobre marmóreo pedestal,
Ni entonaron el himno funerario
Los poetas en coro universal...
Mas qué importan las pompas de la tierra
Que no mira en su necia vanidad,
Que mientras honra la corteza fria
El alma noble en el empíreo está!
En tu fosa los hombres colocaron
Pobre inscripcion en tabla sepulcral:—
«Aquí yacen los restos»... mas abajo:—
«Que murió de veinte años á la edad!»
¡Veinte años! cuando el pié aun vacilante
Ponías de la vida en el umbral,
Cuando para tomar aliento nuevo
Te sentaste un momento á reposar...
Y reposaste en ese frio lecho
En que se acuesta el mísero mortal,
Con la cabeza de la fé en la almohada
Y en brazos de la inmensa eternidad.
Oh tú, que en esa mente generosa
Abrigaste una utopia celestial,
Antes que ver los infortunios nuestros
En tu lecho de tierra duerme en paz!
III
Era una chispa de la luz divina
Que en una noche descendió del cielo
Para alumbrar tu mente peregrina,
Y que al brillar la estrella matutina
Se oscureció en el suelo.
Era una nota del celeste coro
En los espacios del Señor perdida,
Que al encontrar tu corazon sonoro
Lo hizo vibrar, como á la urna de oro
Por el acero herida.
Era una gota de divina esencia
Por un ángel en tu alma derramada,
Emanacion de la alta providencia
Que impregnando tu rígida conciencia
Dejóla perfumada.
Se oscureció la luz pura y radiante,
Se apagó la suavísima armonía,
Se evaporó el perfume penetrante...
Todo se encierra tíbio y palpitante
Bajo esa tumba fria.
IV
Descansa de tu fatiga
En esa tierra enemiga,
Trovador;
Descansa, cual virgen pura
En sus sueños de ventura
Y de amor.
Descansa en esa almohada
Con la frente coronada
De laurel;
Y no te importe que el hombre
No haya gravado tu nombre
Con cincel.
Porque un dorado letrero
Se compra por el dinero
Con baldon;
Mas no se compra la gloria,
Ni en el templo de la historia
La mansion.
Tú has dejado tus canciones
Que á nuevas generaciones
Pasarán,
Y que ante el génio postrados
Nuestros hijos estasiados
Leerán.
Tus páginas inspiradas
Relucirán salpicadas
De dolor,
Sin que se estrellen tus ecos
En cráneos y pechos huecos
Sin amor.
Que si este mundo inclemente
Puso en tu pálida frente:
¡Maldicion!
Al dejar el frio suelo
Estampara en ella el cielo
¡Bendicion!
Poeta, mi lira gime,
Pero ni un canto sublime
Viene á mí,
Que solo, el genio divino,
Que arrastra cual torbellino,
Te dió á tí.
Cubre mi frente sombría
Capúz de melancolía,
Funeral,
Y trae hasta mí el viento
De la campana el acento
Sepulcral.
Pronto en el negro horizonte
De nubes inmenso monte
Se alazará:
El Señor que las concita
El relámpago vomita
¡Hosaná!
V
Yo sobre la cruz pondré
Una purísima flor,
Y por tí derramaré
En una gota de fé
La esencia de mi dolor.
Del crepúsculo á la luz
En la tumba funeraria,
Al pié de cristiana cruz,
Levantaré la plegaria
Que hizo en el clavo Jesus.
Yo quisiera con mi lloro
Este sepulcro regar,
Poeta que tanto adoro,
Sin que de tu sueño de oro
Te pudiese despertar.
La muerte es sueño profundo
Descanso del viajador:
Cuando yace moribundo,
Durmiéndose en este mundo
Despierta en otro mejor.
En el albor de la vida
Es muy hermoso vivir,
Porque su senda florida
Nos dá la imágen querida
Del puerto á que hemos de ir.
Pero esas horas benditas
Pasan con velocidad,
Y envueltas en negras cuitas
Nos quedan rosas marchitas
Que arrastra la tempestad.
Y con su manto de hielo
La eternidad nos envuelve,
Y en ancho mar de consuelo
Se sacia el ardiente anhelo
Que la existencia revuelve.
La muerte es un don bendito,
Porque el Maestro celestial
Solo castigó el delito
De aquel Judio maldito
Con una vida eternal.
VI
Como antes de la victoria
Suele caer el guerrero,
Tú caiste, jornalero,
Sin concluir tu mision;
Y como aquel, que tranquilo
Sobre sus armas espira,
Caiste sobre tu lira
Con noble resignacion.
Pero tu nombre no ha muerto:
Él vivirá en la memoria,
Y será eterna la gloria
Del poeta popular;
Que en el corazon del pueblo
Cuando algun poeta gime,
Su canto noble y sublime
Siempre se oye resonar.
Y sus ecos se difunden,
Y se escuchan con encanto,
Llenando al pueblo de espanto
O haciéndole conmover:
Que el vate en su inspiracion
Nuestros sentidos sujeta,
Y con su brazo de atleta
Postra y alza nuestro ser.
Cual vorágine furiosa
Todo arrastra en su carrera,
Cual las pajas de la hera
Que arrebata el huracan;
Y del genio poseido,
Rie, llora, nos encanta,
Y atrevido nos levanta
En sus hombros de titan.
Tus cantos serán oidos
En el pueblo americano,
Como el nombre de Belgrano,
De Bolívar, San Martin,
Como se oyó en otros dias
La corneta atronadora,
Y la armonía sonora
De Chacabuco y Junin.