VII
Ayer el almendro cargado de flores
Estaba, mas vino furioso huracan,
Y hoy roto y marchito, sin flores, sin hojas,
Se ofrece á los rayos del gran luminar.
Ayer á mi patria miré que gozaba
Los bienes preciosos de paz é igualdad,
Y hoy veo que esclava, y en sangre revuelta
Se ofrece á los rayos del gran luminar.
Ayer un tirano con saña decia:—
«¡Yo soy el que mando, y esclavos serán!»
Y hoy roto en pedazos su trono sangriento
Se ofrece á los rayos del gran luminar.
Ayer un guerrero cubierto de gloria
Hollaba altanero su carro triunfal...
Mirad ese polvo... su humilde sepulcro,
Se ofrece á los rayos del gran luminar.
Ayer un poeta cantaba inspirado,
Mas vino la muerte con soplo letal,
Y hoy frio y vacío su cráneo potente
Se ofrece á los rayos del gran luminar.
VIII
En este lecho de silvestre grama
No te vendrá á turbar ningun mortal,
Ni el eco torpe que al tirano aclama,
Ni el rumor de la orgía mundanal.
Alguna vez al apagarse el dia
Oirás sonar mi fúnebre laud,
Y arrodillado ante tu fosa fria,
Decir al polvo del dolor ¡Salud!
¡Nunca te turbe el grito del hermano
Que cae herido del furor tenaz,
Y al abatir sobre esta cruz mi mano
Puedas, poeta, dormitar en paz!
IV
PLEGARIA
PARA ADORMECER Á UNA SONÁMBULA
I
Espíritu invisible, que enajenas
Las potencias del alma, y con cadenas
Atas la voluntad:
Tú que gobiernas la imantada barra
Cuando el manto del cielo se desgarra:
Ven á ensayar aquí tu potestad.
II