En un tiempo la pobre campesina
Erraba por las pampas peregrina,
Y era su prole, bendicion del cielo,
Una calamidad, un desconsuelo,
Que las puertas del rico le cerraba,
Cuando sus puertas, trémula pisaba.
El avaro veia en la familia
Solo bocas hambrientas de vigilia,
Y guardaba su estancia y su riqueza
Con un gaucho y un perro en la maleza.
II
Oh tú, que con profética mirada
Trajiste á esta comarca desolada,
El hermoso rebaño, cuyo seno
De noble sangre y de riquezas lleno,
Vertió á raudales la simiente rica
Que nuestra innoble raza purifica!
Haley te precedió con valentía,
Pero víctima fué de su osadía.
Su rebaño no bien aclimatado,
Fué por ardiente fuego devorado:
Al resplandor de rojas llamaradas
Se alzan las vacas, y huyen espantadas,
Y el toro mujidor, despavorido,
Huye y deja al ternero desvalido.
Pero la oveja del incendio al brillo,
No abandona á su débil corderillo,
Y en el círculo ardiente y chispeante
Busca á sus compañeras anhelante!
Y la majada muere en la llanura,
Víctima de su union y su ternura!
¡Ay! no se vé en el herial humeante
Sino el rebaño unido y espirante,
Y un pastor que entre ruinas se lamenta
Cuando los muertos de su campo cuenta!
Así arrastra su cruz en este mundo
El promotor de todo bien fecundo:
Que no alcanzamos nunca un adelanto
Que no reguemos con amargo llanto.
III
¡Oh Rivadavia! tu alma generosa
Hoy preside esta fiesta deliciosa,
Y tu nombre querido, en dulce coro
Brota del corazon, húmedo en lloro!
Cuán hermosa es tu gloria! Es preferible
Al cruento lauro del adalid terrible!
Seres virtuosos honran tu memoria,
Y sus virtudes son tu eterna gloria:
El nuevo habitador de la llanura
El bienestar te debe y la ventura,
Y el sudor enjugando de su frente
Lleva al labio la copa alegremente,
Y la madre despues del esquileo
A sus hijos enseña el deletreo.
De tu existencia un mínimo segundo
Produjo un beneficio tan fecundo!
De tu carrera un punto imperceptible
Regeneró este pueblo perfectible!
¡Oh, bien mereces ser llamado sabio,
Que en tu alabanza se desate el labio,
Que tu sepulcro en lágrimas bañemos,
Y que tu noble imágen perpetuemos!
XII
AMOR SECRETO
(REMINICENCIAS)[12]
———
Si te dijese: «¡te amo!» ¿qué dirías
«Mujer hermosa de azulados ojos?»—
Quizá encendida contra mí en enojos
Con tu crudo rigor me matarías.
Si te dijese:—«En tí tan solo pienso,
«Ángel hermoso de cabellos de oro!»—
Al ver brotar de la pasion el lloro
¿Rechazarías mi amoroso incienso?
Si dijese:—«Tu imágen solo veo;
«Vírgen pura, de rostro de azucena!»—
Con esa voz que el alma me enajena
Me dirías risueña:—«No lo creo.»
Si dijese: «Por tí tan solo vivo!
«Esbelta ninfa, la del talle airoso!»—
Tal vez volviendo tu semblante hermoso
Me contestáras con acento esquivo.
Si dijese:—«Feliz el que tú adores,
«Graciosa niña, de amorosa boca!»—
Abriendo el labio que al amor provoca
Me llenarias de ásperos rigores.
Y te amo mas que á las hermosas flores
Cuyo grato perfume nos embriaga,
Mas que á la brisa que la frente halaga
Del estío en los cálidos rigores.
Yo te amo, por tu gracia y gentileza,
Por tus ojos azules como el cielo,
Por tus cabellos que cual aureo velo,
Tiendes sobre tu angélica cabeza.
Mas, te amo en mi interior, sin esperanza,
Como á vírgen en ara colocada,
En donde la criatura arrodillada
De sus pecados el perdon alcanza.
Si es una ofensa amarte en el secreto,
Yo rogaré á tu bondad inmensa,
Que como Dios perdona toda ofensa
Perdones un amor puro y discreto.
Culpa es de Dios que te hizo tan hermosa
Si yo te adoro con pasion ardiente,
Culpa es de Dios si en mi abrasada mente
Vive solo tu imágen amorosa.
Culpa es de Dios de mi alma el estravío...
Mas dije mal, la culpa es de tus ojos,
En los cuales, brillando entre sonrojos,
Amor no busco por no hallar desvío.
Por eso te amo como á blanca estrella
Que resplandece en el inmenso cielo,
Y que sin alcanzarla desde el suelo,
La contemplase siempre pura y bella.