DIA 15.
Salí al amanecer continuando rio arriba. A mediodia llegó el indio que ha sido amo del negro Ventura: trajo una oveja muerta. Lo regalé con lo que pude por esta fineza, y se fué muy contento. Al irse este vinieron 4, cada uno traia una bolsita con cosa de una libra de piñones para vender por yerba; pero no se les compraron, porque ya queda muy poca. Al anochecer se fueron, y yo me acampé á la parte del S del rio, habiendo arrastrado las embarcaciones una milla de distancia al NO 5° N.
A la orilla del rio casi toda la distancia de hoy parece todo campamento de indios, que poco ha lo levantaron. Las islas están llenas de manzanos, pero las manzanas ya las recogieron los indios; y es cosa admirable el ver entre poca tierra mezclada con chinos y arena, unos árboles tan grandes, tan poblados de rama y hermosos, que no los ví mejores en ninguna parte. Latitud observada, 39° 33′.
DIA 16.
Este dia navegué con menos trabajo que otros. A mediodia estaba distante de una sierra nevada de la Cordillera tres cuartos de legua, demorándome al OSO corregido. A las 3 de la tarde hallaron les maestros calafate, sangrador y un marinero, un chico manzano, del que recogieron como 100 manzanas: junto á dicho árbol habia otros muy grandes, pero ya le habian quitado la fruta los cosecheros de estos paises. En toda la distancia que caminé este dia, hay un potrero, ó llanura de buena tierra, á la parte del N, y á la del S tambien es buena, pero no es de tanta extension. Hoy no parecieron los indios, y creo seria por el mucho frio y fuerte viento del O que nos incomodó bastante: este viento viene por las nieves de la Cordillera, y con él se pone el agua del rio tan fria, que los marineros que andan precisamente metidos en el rio, lo mismo es salir que se les raja la piel, particularmente en las piernas, en las que se les hacen profundas grietas. Navegué este dia al NO 5° N dos millas de distancia; y me acampé á la parte del S del rio, junto á un salto grande, que se previene para pasar mañana.
Yujaunaujén se llama por los indios el cerro Imperial.
DIA 17.
Salí al ser de dia, y continué por un imponderado despeñadero de corriente; y como ya en estos parages no gasto otra sirga que un calabrote, por no poder otros cabos resistir al impulso de la corriente, meten á veces las chalupas los castillos debajo del agua. A mediodia llegó Maria Lopez con su marido, y otro indio con una embajada de Chulilaquin, diciendo que la noche pasada habian muerto de una puñalada en su toldo al cacique Guchumpilqui, porque este con otro indio, que tambien mataron, habian venido á solicitar de Chulilaquin el que con su gente se juntasen para avanzarnos y destruirnos: y que por esto Chulilaquin le habia muerto, y así que temian el que los Aucaces viniesen á tomar venganza de la muerte de su cacique, y que lo esperaban esta noche: por lo cual Chulilaquin me rogaba lo favoreciese con 10 soldados para que le ayudasen, y que para conducirlos mandaria caballos. A esto le respondí, que bien veia que me eran necesarios todos los soldados para tirar las embarcaciones, y que por esto no podia mandárselos; pero que yo haria diligencia de llegar con los barcos á los toldos, y que entonces estaria defendido de los Aucaces. Volvió repetidas veces á importunar por los 10 soldados, y yo escusándome suavemente, la regalé y se fué; pero antes de irse se arrimó cuidadosamente al patron de la chalupa San Juan, y le preguntó, si sabia si al capitan Chiquito le habian muerto los cristianos, ó estaba en Buenos Aires. Yo que enteramente desconfio de estos bárbaros, me hizo esta pregunta mayor la desconfianza, aunque así ella como los dos indios venian con el aspecto asustado.
A las 4 de la tarde llegó un indio ladino, y un esclavo de Chulilaquin con dos caballos de diestro, ponderándome la fineza de Chulilaquin por haber muerto á Guchumpilqui en defensa nuestra, y que aquellos dos caballos los traian para que fuesen en ellos dos soldados, para que esta noche los ayudasen contra los Aucaces. Estos venian como asustados, y con mucho empeño á llevar los dos hombres que pedia su cacique. A este le dije le dijese, que mi gusto era defenderlo, y que no solamente 2, sino 20 le mandaria: pero que estos soldados no entendian la lengua de los indios, ni tampoco sabian pelear, sino al lado de su capitan; y que si yo llegase á tiempo le socorreria, y sino que trajese su gente y toldos para donde yo estoy, y entonces que no tuviese miedo, aunque viniesen mas indios que yerba tiene el campo. Se fueron los indios, y yo me acampé á la banda del S, parage de los mas proporcionados que hay para en caso de haber algun encuentro.
Mandé toldar las embarcaciones, alistar las armas, cargándolas de nuevo; montar los pedreros y esmeriles, y dormir toda la gente á bordo: porque, aunque en los semblantes y expresiones se vé el miedo que tienen estos indios, y á no ser cierto lo que dicen, parece mucha política para estos bárbaros, no obstante son muy diestros en el arte de engañar; y por esto me pusieron esta noche en mayor cuidado, pero lo cierto es, que con los Aucaces, ó con nosotros hay alguna revuelta ó intento, que si no llega á tener efecto, será porque no hallan hueco; si bien, que no dejo de pensar que los Aucaces pueden venir á vengarse de los que mató, robó y cautivó Chulilaquin, y que tambien ahora habrán muerto alguno. Pero la muerte de Huechumpilqui no la tengo por cierta, por lo que pude comprender y deducir de las respuestas de Maria Lopez á las preguntas que le hice: pero el querernos hacer creer esta muerte, es solo por obligarnos y vendernos la fineza.