La lenguaraza Teresa me dijo que era cierto que los Aucaces tenian determinado sorprendernos, y que para observar nuestros movimientos habia mandado Guchumpilqui á Ignacio Delgado, que era de su gente, y que tenian pensado el regalarnos ó vendernos algunas vacas para que saliese la gente á carnearlas á fuera, y entonces que á su salvo nos tenian muertos, y se apoderaban de la carga de las chalupas: y que haciendo esto no poblarian el Choelechel, ni les estorbarian el paso á los campos de Buenos Aires, que es de donde se surten de ganado. Y á la verdad, ellos no lo entienden, porque la mejor ocasion era de dia, cuando toda la gente va desnuda, arrastrando por espacio de mediodia, una chalupa, dejando la otra sola y precisamente varada, y luego vuelve en busca de esta, dejando la otra en la misma disposicion.
Me dijo asimismo, que el número de Aucaces era grandísimo, y que estos indios que paraban junto á nosotros, no eran nada en comparacion de los que vendrian á buscarlos.
Me dijo asimismo, que los dos marineros, Mariano Gonzalez y José Navarro, que estaban muertos, pero no por mano de los indios; pues Guchumpilqui los habia entregado á las chinas para que los matasen. Reflexionando en todo esto, y que pasa ya de un mes que no hallé parage en este rio tan defendido como el en que me hallo, porque todo es varadero, y se pasa por donde quiera á caballo sin que se le moje la cincha, tengo pensado detenerme aquí el dia de mañana, fortificar el sitio; y en todo caso tengo mas de 100 soldados, (digámoslo así) en los indios de Chulilaquin, quienes precisamente han de pelear por defender sus vidas: y así como él viene buscando nuestro socorro, podemos decir que hemos hallado nosotros socorro en él: porque si los Aucaces, sabiendo que estamos juntos y aunados, (como dicen estan persuadidos) vienen á avanzarnos, ciertamente que mejor lo harán cuando nos hallen solos é indefensos, los marineros con una embarcacion á cuestas arrastrando, que ni para abajo ni para arriba se puede navegar dentro de ella, porque en todas partes vara, y la otra sola y varada de la misma suerte.[21]
El hecho de Guchumpilqui en llevar los expresados dos marineros, despues de haberlo yo regalado y obsequiado mucho, y de haber venido embarcado el cacique Roman y el indio José, dá á conocer su intencion, y que de ningun modo apetecen los Aucaces nuestra amistad; y que si pudiesen, hubiera hecho con todos nosotros lo mismo y de mejor gana, pues les interesaba mas: y esto se puede esperar tengan pensado aquí, que es lo mismo estar en el rio que en tierra, porque su caudal de agua no estorba á pasarlo de un lado á otro, pero ni aun de galoparlo. Aquí estoy en un pozito corto, pero no es menester casi nadar para llegar á las chalupas; y en todo caso mas vale esperarlos aquí que no media legua mas arriba, (en caso que se puedan subir las chalupas) ni 25 leguas abajo, pues en ellas no hay parage como este.
DIA 20.
Se llevó lloviendo toda la noche, y los indios estuvieron sosegados: talvez seria por haberles yo dicho que gritaban de miedo, porque los hombres de valor y de espíritu, y que tenian esperanzas de vencer á su enemigo, lo esperaban callado; y que primero se debia oir el ruido de las armas y los clamores del contrario, que los gritos, que, sin motivo, estaban dando al aire.
Luego que fué de dia, pasé á reconocer el campo inmediato, y héchome cargo de él, pensé el modo de fortificarlo: y para esto mandé llamar á Chulilaquin, avisándole que viniese de gala, con el baston y vestido que se le habia dado en nombre del Rey, mi amo, á quien él debia obedecer; y que tragese consigo los indios de mas suposicion: hízolo así inmediatamente.
Habia yo prevenido á los patrones, oficiales de mar y marineros, se aseasen lo mejor que pudiesen; y que dejando hachas y azadas á bordo, prontas á fin de desmontar un pedazo de sauceria y barrancas para igualar el terreno, bajasen conmigo á tierra la mitad de la gente, y los mas aseados y de mejor presencia, armados; y quedándose la otra mitad de guardia en las embarcaciones. Luego que llegó Chulilaquin al puerto que le habia señalado, lo recibí con amistad, y por medio de la lenguaraza Maria Lopez le hice un razonamiento segun me dictó en esta ocasion mi corto alcance: diciéndole, que él y sus indios habian venido fugitivos á ampararse de mí, tan asustados y temerosos de que sus contrarios les quitasen sus vidas, las que apenas podian respirar. Que yo les habia ofrecido favorecerlos: pero que las dos noches antecedentes no habia yo tenido cuidado alguno, porque sabia que no habian de venir á avanzarlos, como ya se lo habia dicho siempre: que él se me presentaba afligido, pero que ya hoy en el dia era otra cosa, porque los Aucaces habian ya tenido bastante tiempo para juntarse y prepararse suficientemente para seguirlos y acabarlos. Que él mismo les habia mandado á decir que estaba protegido de nosotros; y que en tal caso, siempre que dichos indios se determinasen á venir á avanzarle, que precisamente vendria un número crecidísimo; y que así estuviese atento y pensase bien en lo que le iba á decir.
Que yo era uno de los mas chiquitos criados que tenia el Rey de España, cuyo Señor tenia dominios en todas las cuatro partes del mundo: que se hiciese cargo de que, estando este Señor tan lejos de Buenos Aires, que se tardaba caminando de dia y de noche, seis, siete y ocho lunas, atravesando la mar sin ver tierra hasta llegar á donde estaba. Estando nosotros tan lejos de su presencia, todos le obedeciamos; y que primero perderiamos las vidas que dejar de obedecerle, y de cumplir en todo su voluntad, sin faltar en nada al mas mínimo precepto suyo.
Que ademas de las inmensas tierras que poseia este Gran Señor, tenia tantos tesoros y riquezas, cual el no era capaz de comprender; y mandaba tanta multitud de gentes, cual él no era capaz de imaginar. Que reparase en que, siendo yo uno de sus menores esclavos, se venia él á amparar de mí, y que de seguro podia yo solo con aquellos pocos soldados que me acompañaban, defenderlo de cuantas indiadas pudieren venir, acabando y haciendo pedazos con mis cañones á todos cuantos intentasen ofenderle: y que valia mucho mas tenerme á mí por amigo, que tener por amigos á todos cuantos indios y caciques abrigaba el continente. Pues yo solo valia y podia favorecerlo mas que todos ellos juntos; y que si así era el esclavo mas chico, que se hiciese cargo cuan poderosísimo seria el Señor. Que el vestido que me cubria me lo daba este Gran Señor: que él me daba de comer, me daba riquezas y estimacion: que yo gustosísimamente le servia y obedecia: que estas embarcaciones y cuanto venia en ellas era suyo, con gente y todo; y que de su mandado veniamos por este rio. Que todo aquel que no quisiese obedecerle, perderia la vida; y que era este Señor tan poderoso y de tan buen corazon, que á todos sus criados nos tenia mandado el que favoreciesemos á todos los indios, porque les tenia mucha lástima, sabiendo lo pobres é infelices que eran en todo. Esto es, pobres de hacienda y pobres de saber, pues andaban continuamente entre estos cerros, llenos de sustos, pereciendo de hambre y frio, y viéndose precisados á robar para poder vivir; y que á esto se seguian las muertes, y el andar continuamente por este motivo vagantes, fugitivos, y llenos continuamente de miedo, y que la benignidad de este Señor tan grande nos mandaba que atendiesemos á la pobreza de los indios, socorriéndolos y amparándolos á todos, pero particularmente á los amigos y fugitivos que viniesen á ampararse, como á él le sucedia. Que reparase en que de su mandado lo favorecia yo, y lo habia favorecido el Super-Intendente, y todos los cristianos del Rio Negro: que aquel vestido y baston que traia se lo habia dado este Gran Señor, y que se hiciese cargo los favores que le debia, y le habia hecho y hacia á todos los indios sin conocerlos.