DIA 22.
Amaneció nublado, y el viento al O friísimo y récio, sin darme lugar á poder hacer ningun reconocimiento, de cuyo modo se mantuvo todo el dia. A las 11 de la mañana llegó un indio de entre los Aucaces, y dijo, que estos habian convidado á los Peguenches de la una y otra parte de la Cordillera, para que los ayudasen contra nosotros, y que estos habian respondido que no querian venir á guerrear con los cristianos, porque no sacarian de ellos otro fruto que muchas balas. Que asimismo procuraron ellos solos venir sin el auxilio de los Peguenches, pero no queriendo muchos caciques acompañar á los otros, por quien eran solicitados, llegaron á enojarse los unos con los otros, de modo que se trabó una contienda en la cual murieron muchos.
A las 3 de la tarde vino á bordo la muger del cacique Francisco, á la que agasajé como siempre.
Al ponerse el sol les dí el santo á los indios, y largué embarcaciones de tierra. A las 9 de la noche se dejó caer un aguacero fuertísimo, con viento OSO duro; cesó este, y cayó nieve hasta las 2 de la mañana; y prosiguen los indios los bailes, en obsequio de lo acaecido á la nieta de Chulilaquin.
DIA 23.
Amaneció en calma: las montañas cubiertas de nieve, y los llanos del rio de una grande helada. A las 8 de la mañana compré un caballo, y salí con el bote á reconocer el rio Catapuliche, sirgando á la cincha; y á este tiempo se fueron Domingo Goytia y José Oyólas, en dos caballos que me prestaron, el uno, Chulilaquin, y el otro, un hijo suyo, á reconocer por tierra el Huechu-huechuen. Al mismo tiempo llevaron una mula que prestó Chulilaquin, para traer cargadas de manzanas: fueron acompañados del marido de Maria Lopez, hermano de Chulilaquin y de un sobrino suyo, indio ladino. Al mismo tiempo fueron otros indios y chinas á buscar manzanas.
Yo llegué á la boca del Huechu-huechuen, y reconocí su entrada: baja por un despeñadero con rapidísima corriente, por entre espesas peñas, y es de tanto caudal como el Catapuliche. Desde su boca hasta la Cordillera en línea recta hay una legua. Seguí el Catapuliche, y habiéndolo navegado una legua aguas arriba, arrastrando por el fondo del botecillo vacio, llegué á donde desplayándose un poco el rio, no permitió paso para el bote. Aquí fuí por tierra y salieron 5 indios á la furia por un cerro arriba: luego salieron otros 3 á toda prisa, y se repartieron tal vez, dando noticia á otros indios, de que íbamos nosotros. No pudiendo pasar mas adelante, volví á las 4 de la tarde. Al anochecer dí el santo á los indios, y largué las embarcaciones, y no vinieron todavia los dos marineros ni los indios que los acompañaban, ni otros que al mismo tiempo salieron á buscar manzanas.
DIA 24.
Amaneció en calma, habiendo caido esta noche una grande helada. A mediodia convidé á Chulilaquin á comer conmigo y á otros 4 indios de su familia, que parece son de los de mas cuenta que componen esta bárbara república. Ha estado muy regular y atento, así él como los 4 indios que le acompañaban, sin gastar aquellas pesadeses que acostumbraban en el establecimiento del Rio Negro. A las 3 de la tarde vinieron algunos indios y chinas, de los que habian ido ayer á tomar manzanas. Fuí inmediatamente á sus toldos á preguntar por los dos marineros que habian ido en su compañia, y me dijeron por medio de la lenguaraza, que habian quedado, porque se les habian perdido los caballos. Me impacienté bastante, y dije, que si en el dia no me traian los dos hombres, que no solo convertiria y reduciria todos aquellos toldos, sus indios, chinas y muchuchos á ceniza, sino que no quedaria cerro ni montaña en todo aquel distrito que no deshiciese y allanase á cañonazos. Diciendo esto, dí una voz á embarcar toda la gente y á prolongar los costados de las chalupas con los toldos, con la artilleria prevenida, y las mechas en las manos. Se ejecutó esto con tanta prontitud, que se quedaron asombrados todos los indios: y llenos de terror, corrió inmediatamente Chulilaquin á la orilla con sus mugeres y hermanos: con la lenguaraza corrió asimismo su hija, que llamamos la Princesa, con dos hijos y otros indios y mugeres de las de primera clase, todos asustados á donde yo estaba, disponiendo las embarcaciones, suplicando que me sosegase un poco, que mi gente no pasaria daño alguno, y que primero perderian ellos todos sus vidas. Me dijo Chulilaquin que cerca de las manzanas estaba su abuelo, principal cacique de aquella tierra, y que casi todos aquellos indios eran sus parientes: que su hermano, el marido de Maria Lopez, habia ido custodiando los cristianos, y su sobrino, por lo que no tenia recelo alguno, respecto á que estos no habian venido. Al mismo tiempo despachó 6 indios armados á saber de ellos: le hablé con sosiego, y le dije que yo estimaba mucho mi gente, y que se hiciese cargo de que el cacique Francisco me tenia un desertor: que los Aucaces me habian muerto dos con capa de amistad; y que esto me bastaba ya para escarmiento. Me dijo que tenia razon, pero que pereceria él y todos sus indios en venganza de algun agravio que hubiesen recibido los dos cristianos que habian ido en compañia de su hermano.
A las 5 llegaron dos esclavos de Chulilaquin, que fueron ayer á las manzanas, con la noticia de que nuestros dos marineros venian ya cerca con el hermano de Chulilaquin. A las 7 de la noche llegaron á bordo con un carguero de manzanas, y dijeron que su detencion habia sido porque habian ido de 8 á 9 leguas de distancia, y en ella, que se reparte el rio de Huechu-huechuen, en siete brazos, que bajan despeñándose de la Cordillera. Que llegaron muy cerca del Cerro de la Imperial, por la parte del S: que por las orillas de estos rios hay muchos árboles con pocas manzanas, por estar ya tomadas de los indios; pero que desde el parage á donde llegaron no se vé otra cosa en aquellos distados campos, que espeso monte de manzanos, amarillando su fruta encima de los árboles: que el suelo está empedrado ó matizado de esta fruta, en tanta abundancia, que los indios no se detienen en sacarla de los árboles, sino que la recogen de la que está en el suelo, amontonándola con los pies para meterla en las bolsas, ó sacos que llevan para conducirla. Que las tierras son de superior calidad, campos doblados y llenos de arroyuelos que los baña. Que estos manzanos no estan solo á las orillas de los arroyos, sino por toda la campaña: que es la mayor delicia que puede imaginarse el ver aquella tierra tan fértil y fructifera. Que la tolderia del abuelo de Chulilaquin ascenderá de 80 á 100 toldos: que la laguna de Huechum-lauquen está detras de un cerro que un indio les señaló, distante dos leguas de á donde ellos llegaron. Que vieron el parage á donde está enterrado Guchumpilqui, nombrado por estos indios el cacique alentado: que vieron su sangre; y que el hermano de Chulilaquin queria que le desenterrasen y me trajesen la cabeza, lo que no hicieron por ser ya tarde. Desde el parage donde estuvieron tomando las manzanas, dicen que se mira una llanura que se pierde de vista, sin que ninguna serrania se ponga delante, mirando al O: que al N y al S está la Cordillera cubierta de nieve; y que esta se les quedaba mas atras de donde llegaron, y en esta atencion que les parece ya no haber serrania á dicho rumbo hasta la mar del S, y esta dista del parage á donde me hallo, en línea recta, 16 leguas.