DIA 27.

Amaneció con el viento al OSO fresco. A las 8 vino el indio que vendió las vacas, y duró el ajuste de ellas hasta mediodia, habiendo quedado ajustadas de ayer, porque pedia muchas mas cosas de las en que fueron ajustadas, alegando el que eran grandes: el trabajo que le habian costado el haber salido de sus toldos con el frio que hace, solo por traernoslas. No obstante, no le dí siquiera un ápice mas de lo ajustado, diciéndole, que las llevase, que yo tambien me marchaba. A esto vino Chulilaquin y me dijo, que mandase un soldado á escoger las vacas: así se hizo, y despaché al que las habia vendido.

Al hijo de Chulilaquin le dió hoy un vomitivo nuestro sangrador, que lo asiste en su enfermedad desde su principio; y asimismo toma los caldos del puchero que le mandé hacer á mi criado, desde que cayó enfermo. Asimismo asiste á otros enfermos, contribuyendo yo con aquello que tengo para su alivio, pues en la caja de medicina no hay con que curar.

Esta tarde me ofreció el yerno de Chulilaquin, marido de la que llamamos Princesa, que mañana pasaria á ver unos parientes suyos, Aucaces, á fin de negociar chasque á Valdivia, y de camino que iba á traer piñones. Los chinos y chinas no cesan de conducir diariamente cargueros de manzanas: las comen crudas, asadas y en todos los guisados, y hacen chicha y orejones. Con todo, dicen que hay tantas sobre las sierras, que sin embargo de haber tantas indiadas, no es posible darles fin, y que el suelo queda de un año para otro empedrado de manzanas podridas; si bien asimismo dicen, que los Aucaces y Peguenches no gastan muchas, solo en la chicha, porque tienen mucho que comer, que estos tienen de todos frutos y legumbres, mucho ganado lanar, caballar y vacuno, y que por esto gastan poca manzana en la comida; pero en la bebida que gastan muchísima, y que por el tiempo de las manzanas están casi siempre borrachos.

Al anochecer le dí el santo á Chulilaquin, y largué las embarcaciones afuera.

DIA 28.

Al salir el sol me fuí al toldo del yerno de Chulilaquin, á fin de que abreviase el viage, y á encargarle que me trajese dos docenas de piñas con piñones, porque ademas de que deseo verlas, estimaria que me las trajesen por conducirlas al Rio Negro, de donde se podrian remitir al Exmo. Señor Virey, y aun á la Corte, porque me parecen serian dignas de verse por su extraordinario tamaño, segun me dicen: y segun la proporcion que tienen los piñones de España con las piñas, es preciso que estas sean mayores diez ó doce veces que nuestras piñas de España, pues me parece que un piñon de estos excede á uno de aquellos en tamaño, en otras tantas, y aun mas. Llegué á dicho toldo, y en él hallé una porcion de indios, los cuales, oyendo lo que yo le encargaba al indio, yerno de Chulilaquin, por medio de la lenguaraza, que todo se reducia á que examinase los dias de camino que habia desde aquí á Valdivia, y viese si podia negociar chasque que me condujese una carta á aquella plaza; si desde el Cerro de la Imperial se veia la mar; que me trajese las piñas. A este tenor formaron dichos indios conversacion en el asunto, y dijeron, que desde aquí á Valdivia habia tres jornadas en cualquier mancarron: que un chasque podia con todo descanso ir y venir en siete dias, tres de ida, tres de vuelta, y uno para estar allá: que el camino era muy corto, pero que no era bueno, porque por muchos parages de la Cordillera precisaba caminar despacio. Que si esperaba alguna cosa de Valdivia seria preciso conducirla en cargueros, porque carretas no podian venir: que al Cerro de la Imperial nadie podia subir, por estar en todos tiempos cubierto de nieve; pero que desde su falda se veia bien la mar, porque estaba cerquita. Que los cristianos de Valdivia tenian muchas embarcaciones, algunas como estas chalupas, y otras de extraordinario tamaño: que allí habia muchos fuertes y muchos cañones, muchos mayores que los que traia yo en mi chalupa. Que algunos cristianos de aquella plaza venian todos los años á comerciar con los Aucaces y Peguenches, los cuales, traian géneros, que cambiaban á los indios por ponchos y ganados: y que cuando sucedió la muerte del cacique Guchumpilqui, estaba uno que habia venido de Valdivia con algunos peones en los toldos del difunto, que distan de este sitio 5 ó 6 leguas, y que este le habia comprado al expresado cacique todo el ganado que habia traido de Buenos Aires; y asimismo habia comprado á otros indios y caciques, y que para esto habia traido bastantes géneros y algunas espuelas de plata: que ellos mismos le habian visto dos pares, y uno de ellos entró en la compra que le hizo del ganado á Guchumpilqui, y el otro á otro cacique, pero no saben si se habria marchado á su tierra este cristiano, porque ellos, sabiendo la revuelta que habla con la muerte de este cacique, se habian huido: pero que era regular que ya se hubiese ido por tener todas las compras hechas, y que estaba para irse cuando ellos se vieron, y que tambien por la revuelta de los indios era regular que dicho cristiano abreviase su viage. He sentido bastante el haber llegado á tan mal tiempo, cuando acaeció esta muerte, que, á no ser así, pudiera que nos llegasemos á ver, y á informarnos de dicho Valdivia; y aun poder con él pasar á dicha plaza, y lograr todo cuanto se podia apetecer.

El yerno de Chulilaquin me dijo que en esta luna se caian todos los piñones; que los indios los amontonaban por el suelo; que era mucha la abundancia de esta fruta: pero al mismo tiempo que se caian los piñones se caia tambien la hoja ó cáscara que los guardaba, quedándose solo el palo de enmedio. Le volví á encargar supiese bien si habia algun cristiano de Valdivia entre aquellos indios, y le diese noticia de nosotros, y de no haberlo, viese si hallaba el expresado chasque: á mediodia se fué.

Anocheció lloviendo: le dí el santo á Chulilaquin, y largué las embarcaciones afuera.

El parage á donde hace confluencia el Huechum-huechuen con el Catapuliche, está en 39° 40′ de latitud sur. Este pertenece al dia 29.