—No está probado que Goiffieu hiriera a Landáburu.

—Yo, yo lo he visto —aseguró con furia Sarmiento, poniendo dos dedos de la mano derecha bajo los ojos y tirando de los párpados para descubrir más las sanguinolentas órbitas.

—Señores —dijo de improviso don Benigno Cordero, acercándose al grupo—. Grandes noticias. Parece que al fin aceptan los guardias el convenio y van de guarnición a Talavera y Aranjuez, como han propuesto los ministros.

—Ya, ya me dio el olor del horno —dijo don Patricio—. ¿Calentitos, eh?

—¿Y se confirmará?

—¿De modo que estamos aquí de más?

—Hemos tomado las armas para nada —indicó con ira un barbero de la Carrera de San Jerónimo a quien llamaban Calleja.

—He aquí, amigo, nuestros fusiles convertidos en escobas —gruñó Lucas Sarmiento.

—Mejor dicho, en palos para sacar del horno de la reacción estos fétidos bollos que llaman convenios, o parches para cortar la efusión de sangre.

—Y el enfermo se muere.