—Se muere el país, la libertad, el sistema perece. En vano la medicina política propone una sangría... ¡Sangre! ¡Qué ridículo miedo a la sangre!... ¡Qué revoluciones tenemos aquí, por vida de san chilindrón chilindraina!... ¡Qué Gracos, qué Espartacos, qué Aristogitones, qué Robespierres!
—¿Conque de veras no hay nada?
—Sí; hay los hojaldres de Rosita —repuso don Patricio, con sonrisa de endemoniado.
—Seamos cuerdos —dijo don Benigno Cordero, que era, como verdadero patriota, hombre de mesura y prudencia—. Si se evita una lucha sangrienta, ¿por qué lo hemos de sentir?
—Nada —indicó el Marquesito, que era de los más decididos—: mañana los guardias nos escupirán y tendremos que darles las gracias.
—No hay que tomarlo de ese modo, señores. Si habla el fanatismo, me callo. La libertad no puede ganar gran cosa con que haya aquí una carnicería. ¡Oh!, si todos fuéramos prudentes, si no hubiera fanatismo, si no hiciéramos tonterías...
Don Benigno se enrojecía más con el calor de la conversación, y hasta parecía que su nariz se volvía más aguda, sus espejuelos más dorados y sus piernas más torcidas. La idea de la moderación se encarnaba en él, y no podía ver con serenidad los excesos de la gente exaltada.
—Pues no tendrán más remedio que irse a su casa y guardar el fuego para mejor ocasión los señores zurriaguistas —dijo con cierto imperio.
—Nos iremos, nos iremos. Pienso comprar un mico y ponerle mi uniforme. Este trapo no merece ya cubrir el cuerpo de un hombre.
—Ese día aprenderán algo los pobres alumnos, señor Sarmiento.