La gente templada de aquellos días no consideraba a Fernando VII autor de la sublevación de los guardias. Suponíanle mal aconsejado, engañado, seducido por los facciosos. Sus antiguos epítetos gloriosos de Deseado y Suspirado, los trocó entonces Borbón por otro que se le aplicaba constantemente. Decían entonces: el seducido monarca, nuestro seducido Fernando.
—Basta de engañifas y especiotas —dijo don Benigno disolviendo el grupo—. Es de noche, señores: cada cual a su puesto.
Sonó el ronco estrépito de la retreta.
—Cada mochuelo a su olivo —añadió don Benigno—. Yo me voy a la Plaza Mayor, donde se me figura que no estaré de más si ocurre alguna cosa.
—Y yo a casa de San Martín, que me estará esperando. ¡Cómo se entretiene uno con la conversación!
Don Patricio llevó aparte a don Primitivo, a Calleja y a otros dos que vestían de paisano.
—¿Han hecho algo —les dijo— en el asunto de esa endiablada gentuza de la calle de las Veneras?... Por ahí se ha de empezar. Atáquese la cabeza de la conspiración, y se evitarán conflictos como este.
—San Martín lo sabe todo —repuso Cordero—. En efecto, debe atacarse la conspiración en su cabeza.
Los tres siguieron hablando en voz baja.