—Ustedes saldrán bien —añadió Naranjo—, pero yo... Es seguro que los guardias serán derrotados. Ya me estoy viendo en la horca. ¡Maldito sea el día en que nací, y más maldita la hora en que recibí en mi casa a don Víctor Damián Sáez! Él se quedará en Palacio tan tranquilo al lado de Su Majestad, y yo... ¡Plazuela de la Cebada, huye de mi vista!

—Fruto de la conspiración, ¡cuán amargo eres! Para una vez que sales dulce y sazonado, ciento te pudres antes de madurar. Yo sé lo que es eso. Amigo Naranjo, le compadezco a usted.

—Con razón, porque..., vea usted..., sin comerlo ni beberlo. Después de todo, ¿qué he hecho yo? Nada más que franquear mi casa a don Víctor Sáez, que me dijo necesitaba un lugar modesto y callado, donde pudieran avistarse cuatro o cinco personas sin infundir sospechas. Ellos lo han hecho todo: yo veía y callaba, y vigilaba la casa para que no la invadiera ningún intruso. Me han prometido villas y castillos: aquí han fraguado esa conspiración que ha salido tan mal por la impaciencia de los guardias; aquí se han puesto de acuerdo el confesor del rey y el conde de Moy; aquí han venido Infantado y Castro-Terreño; aquí se han recibido los despachos de Eguía y de la junta de Bayona, traídos por una señora desconocida; aquí se ha hecho todo; pero yo no soy culpable de nada más que de ver y callar y ofrecer mi casa. Aborrezco el sistema; pero amo mi vida, esta vida que no me devolverá don Víctor Sáez, ni el mismo rey, si el verdugo me la quita por orden de los patriotas.

—Paciencia, paciencia, señor Naranjo —dijo don Urbano con acento solemne—. Este mundo es así, no de otro modo. ¡Bendita sea la muerte!

—Pero si yo no soy culpable.

—Ha franqueado usted su casa.

—Porque quería un local modesto. ¿Cómo se había de creer que en una escuela de mocosos se tramaba el hundimiento del liberalismo?

—Hay espías en todas partes.

—¡Oh, ya lo sé! Ese tunante de Sarmiento ha espiado mi casa durante un mes. Permita Dios que se quede ciego.

—Cuando me prendieron en la calle de Coloreros, le pedí un buche de agua y me lo negó —dijo Cuadra—. En el infierno, si es que lo hay, y cuando se abrase, pedirá agua a los demonios...