—Y le darán fuego. Bien merecido.

—Pero mientras viva... ¡Ay!, el mundo pertenece a los tunantes. Puede que haya otro para nosotros, amigo Naranjo; mas este, no hay duda que es de los pillos.

De este jaez eran las lamentaciones de los dos desgraciados viejos. Pasaba el tiempo, y el conflicto no se resolvía; los temores iban en aumento, y aquellas dos almas se hundían más cada vez en su abismo de negra duda y desesperación. En la noche del 6, la angustia de uno y otro debía tomar aspecto nuevo y más pavoroso. Véase cómo.

Cerca de media noche entró Naranjo despavorido, llenos de mortal espanto los ojos, jadeante y tembloroso como condenado que va al patíbulo.

—¡Estoy perdido! —exclamó dejándose caer en una silla—. ¡Estoy perdido para siempre! Necesito huir, esconderme ahora mismo... Señor Gil, vienen a prendernos.

—¿A prendernos? —preguntó el exoidor con cierta calma—. Por fin... Ni aun morir me dejan. Está previsto; me llevarán a un hospital, y llenándome de medicinas el cuerpo, se empeñarán en que viva. Puede que esos perros lo consigan.

—Al amanecer vendrán a prendernos. Me lo avisa un amigo que anda en tratos con esa canalla. ¡Dios mío, abandonar mi casa! ¿Qué voy a hacer yo? ¿A dónde voy yo? Dígame usted, señor Gil, ¿a dónde iré?

—Al cementerio.

El enfermo acompañó con risa irónica su fatídico consejo. Soledad, aterrada, oraba en silencio.

—¡Hay iniquidad semejante! —exclamó el preceptor enjugando sus lágrimas—. ¿Qué he hecho yo? Únicamente franquear mi humilde morada.