—¿Nos prenderán al amanecer?

—Sí, muy temprano. Me lo ha dicho Elías Orejón, que lo sabe por Calleja, barbero de la Carrera de San Jerónimo,[16] el cual lo sabe por el cafetero de La Fontana. Vendrán, y echándonos una cuerda al cuello, nos arrastrarán a inmundos calabozos.

[16] Véase La Fontana de Oro.

—¡Paciencia, paciencia! —dijo Cuadra con amargo desdén—. Querida hija, ¿no sostienes que Dios ampara a los débiles?

—Yo me voy..., yo me voy —manifestó con honda ansiedad Naranjo—. Huiré..., traspasaré la frontera. ¿Cuánto hay de aquí a la frontera?

—Huya usted..., yo...

Gil de la Cuadra probó a levantarse del lecho; pero sus miembros doloridos le negaron todo movimiento, y después de incorporarse ligeramente, cayó inerte, lanzando ardiente resoplido.

—Huya usted... —murmuró sordamente—. Yo espero.

—Voy a recoger lo que pueda..., ropa, un poco de ropa. ¡Ay!, si tuviera alhajas me las llevaría.

—Es justo. Solita y yo nos quedamos. ¿Qué hora es?