—Las doce y media... ¡Oh, si tendré tiempo, Dios mío, de ocultarme!... Saldré de Madrid; correré la noche y todo el día de mañana... Pronto, pronto: no hay que perder tiempo.

Naranjo corrió a sus habitaciones con la presteza de un gamo perseguido. En el breve instante que estuvieron solos, padre e hija no hablaron nada. Los dos parecían muertos.

Volvió Naranjo con un lío, que febrilmente compuso, arreglándolo todo en la brevedad de un pobre pañuelo. Por fortuna era célibe y no tenía más familia que su propia persona. La mujer que le servía, una pobre anciana sin amparo y muy religiosa, libre de todo otro temor que no fuera el de Dios, se negó o acompañarle.

—Es la una. ¿A qué hora amanece? Señora doña Solita de mi alma, si me diera usted un alfiler se lo agradecerla.

Mientras arreglaba el paquete, su lengua no podía estar en reposo.

—Parece —decía— que la conspiración no puede ir peor. Esos necios han echado a perder un negocio tan bien tramado. Ahora se niegan a ir a Talavera, donde les destinó el gobierno. ¡Menguados, menguadillos! La Milicia y las tropas de línea que hay en la corte y las que han venido de Burgos y Valladolid, les atacarán mañana; y una de dos: o se rinden o se dispersan.

Don Urbano echó en un suspiro la mitad de su alma.

—¡Habrá una degollina de guardias...! Vaya, que en rigor lo tienen bien merecido por cobardes, por torpes... ¡Qué irrisoria muchachada! Han comprometido sin fruto a Su Majestad.

—Señor de Naranjo —dijo Cuadra con acento de dolor muy vivo—, váyase usted de una vez.

—Es una infamia lo que han hecho —añadió el preceptor—. ¡Irse al Pardo! Si hubieran atacado el día 1.º a la Milicia, fácil habría sido desarmarla; pero ahora... Me alegraré de que los patriotas les machaquen las liendres. Si no quedara uno...