—Por favor, señor Naranjo, váyase usted.

Arreglado el paquete, el maestro se sentó sobre él. Estaba meditabundo y desconcertado.

—¿Hay desgracia mayor que la mía? —murmuró sollozando.

—Se queja de vicio.

—¡Sí, abandonar mi casa, mi profesión, mi bienestar modesto! Sabe Dios si lograré escapar de los patriotas... En situación tan aflictiva, señor don Gil de mi alma, estoy sin recursos...

—¿Qué?

—Que no tengo dinero.

Gil de la Cuadra miró a su hija, que supo adivinar al instante la intención de la mirada. Soledad sacó un pequeño talego escuálido, dentro del cual sonaba algo.

En los ojos de Naranjo brilló un rayo de alegría.

—Dáselo —dijo don Urbano—. Él lo necesita más que nosotros.