Soledad puso en las manos del infeliz preceptor todo su dinero.

— Gracias, amigos míos, gracias. ¡Bendita generosidad!... Dueños son ustedes de mi casa.

—Hasta el amanecer —murmuró Gil.

—¡Quién sabe! Ustedes son inocentes.

—Casi siempre lo he sido. Por lo mismo...

—Pueden tener esperanza. ¿Por qué no? —dijo Naranjo levantándose.

—¡Esperanza! ¿Qué es eso?

—Se me figura que debo retirarme, ¿eh? ¡Si se les antoja venir antes del día...!

—Es probable.

—Adiós, amigo y amiga. Les daré noticias mías.