Soledad contempló con lástima profunda la deplorable figura de su padre, que parecía un muerto con voz y movimiento. Compadeciole más aún por el triste estado de su alma sin fe.

—Padre, no dude usted de Dios —dijo acercándose a la cama—. Todavía puede castigar más.

—¿Más todavía? ¡Ah! Cuando venga el castigo, ya estaré yo en el otro mundo. De modo que... ¡ahí me las den todas!

Una carcajada de insensato siguió a estas palabras. Pero el espíritu de aquel desgraciado varón solía tener bruscas defensas y reacciones contra el escepticismo. La presencia y la voz dulce de su hija produjeron hondo sacudimiento en el espíritu del hombre enfermo.

—Ven acá —le dijo llorando—, ven y dime algo bueno. Consuélame. ¿Te parece que nuestra situación es lisonjera?

Soledad se arrojó en los brazos de su padre.

—Es triste —dijo—, muy triste; pero, ¿no podremos encontrar algún amigo que nos salve?

—¿Amigos nosotros? ¡Qué absurdo has dicho! —murmuró Gil bebiéndose sus lágrimas—. ¡Oh! Si Anatolio viniera...

—Eso es seguro.

—Sabe Dios si le volveremos a ver. Los guardias huirán, saldrán de España... Esto es horrible... Nada me importa por mí, que moriré; pero tú, tú... ¿Quieres morir?